Cataluña y España: combate entre dos relatos nacionales 1

MUNDO: La construcción de imaginarios políticos nacionales siempre ha constituido una eficaz arma al servicio de grupos humanos que ostentan o aspiran a la obtención de poder político. Las concepciones  de Cataluña y España no son una excepción, y analizarlas en toda su profundidad discursiva nos permite aproximarnos mejor al conflicto político e ideológico que se vive en la actualidad entre los gobiernos catalán y español.

Miguel Candelas Candelas

La creación del enemigo es uno de las características del discurso nacionalista.

La creación del enemigo es una de las características del discurso nacionalista. Fuente: Sergimateo

En los discursos de las distintas fuerzas políticas catalanas, nos encontramos con dos fuertes concepciones nacionalistas, antagónicas una respecto de la otra, que luchan entre sí dialécticamente reivindicando una unidad identitaria con base a un mito dorado del pasado que debería tener sus repercusiones en el presente reconfigurando el status de Cataluña del futuro. Si el debate catalán ha logrado convertirse en el eje central de la campaña electoral, se debe en gran parte al poder de dichas dos concepciones identitarias. El nacionalismo siempre ha constituido una eficaz arma al servicio de grupos humanos que ostentan o aspiran a la obtención de poder político, debido a que posibilita la unión de grupos e intereses divergentes bajo el paraguas de unos símbolos comunes, convirtiéndose en un poderoso aglutinante, capaz de movilizar a amplios sectores de una comunidad.

Del mismo modo, también puede servir como un elemento de distracción por parte de dirigentes políticos, que ante un eventual crecimiento del malestar social hacia su gestión, enarbolan la bandera nacional en aras del supuesto bien común de la patria.

«El nacionalismo delimita de un modo más o menos claro y maniqueo quiénes forman parte de la luz y quiénes del bando de la oscuridad»

Como bien señalan autores neogramscianos como Ernesto Laclau o Chantal Mouffe, la batalla política (del mismo modo que sucede en el terreno militar), viene precedida por la configuración de los distintos bandos determinados por diversas fracturas sociales (clase, etnia, confesión religiosa, género…) según los términos en los que convenga plantearla. Entre ellas, el nacionalismo es una de las más
potentes, ya que delimita de un modo más o menos claro y maniqueo quiénes forman parte del bando de la luz y quienes del bando de la oscuridad, reproduciendo en cierta medida el elemento configurador de las religiones políticas. Expresado de otro modo, la ideología nacionalista es probablemente la que mejor separa el “nosotros” del “ellos” (concepción tomada de la dualidad amigo-enemigo de Carl Schmitt), por lo que las posiciones intermedios se ven forzadas a navegar entre Escila y Caribdsis, con el consiguiente debilitamiento de su poder político y electoral. Al Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) le ha sucedido esto, al tratar de plantear una tercera vía federalista dentro de un contexto político muy polarizado que ya había definido claramente los dos bandos. Éstos, que coloquial y vulgarmente (desde la prensa centralista sobre todo) se denominan “nacionalistas y no nacionalistas”, esconden la realidad de dos nacionalismos (uno centrífugo y otro centrípeto) combatiendo entre sí por aglutinar a sus respectivas parroquias en torno a una bandera, en aras de contener el descontento popular sobre otras muchas cuestiones.

Ambos nacionalismos en conflicto destinan una buena parte de su arsenal ideológico al combate por los símbolos, ya que el control de estos (bandera, himno, tradiciones, mitos fundacionales, edad del oro) es esencial para ganar la batalla histórico-nacional, en la que se ha centrado gran parte de la campaña electoral catalana. Tal como señala Benedict Anderson, las naciones no dejan de ser comunidades imaginadas, por lo que la construcción de un relato histórico nacional resulta clave para la legitimación del derecho o no derecho a la independencia, siendo el actual marco jurídico-institucional nada más que la plasmación escrita de una correlación de fuerzas existente en 1978, el cual hoy comienza a resquebrajarse, y podría ser sustituido por un nuevo marco dependiendo del resultado de dicha batalla política por la construcción de un relato nacional dominante. Relatos enfrentados como la existencia medieval o no de Cataluña, la visión nacional o únicamente dinástica de los Reyes católicos, las consecuencias positivas o negativas de la llegada del centralismo borbónico o los significados en clave nacional de la tauromaquia o el fútbol, se han convertido, tanto en el bloque independentista formado por Convergencia i Unió (CiU) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), como en el centralista formado por el Partido Popular (PP) y Ciutadans (C´s), en elementos más importantes que las actuales necesidades sociales de los ciudadanos que habitan el territorio catalán, lleven bordado en su pasaporte una senyera o una rojigualda.

«Las naciones, al igual que los Estados, no existen ‘per se’ sino que son los seres humanos los que los crean, destruyan o resignifican»

En conclusión, siguiendo la tesis de que las naciones no son más que entes imaginarios y que, por consiguiente, el debate sobre el origen nacional no se mueve en la órbita de la realidad sino en la de la literatura, los ciudadanos catalanes deberían tal vez plantearse de cara a la prevista consulta de 2014 no si Cataluña es una nación o no, sino si ellos quieren que lo sea a partir de este momento o no, ya que las naciones, al igual que los Estados, no existen “per se” sino que son los seres humanos los que los crean, destruyen o resignifican, y es allí, en la conciencia serena de cada ciudadano, donde debe radicar el verdadero derecho de autodeterminación. La experiencia histórica en ese sentido avala dicha tesis, ya que naciones creadas “de la nada” como Taiwan, Singapur o Gibraltar, que (por factores internos o externos) se han convertido en Estado propio (jurídico o de facto) y han logrado un elevado nivel de vida y bienestar social, mientras que otras como Groenlandia, Tíbet o Palestina, que supuestamente gozan de una cultura con “raíces”, no solo no han podido aún constituirse como Estados, sino que no gozan de unos indicadores económicos prósperos (también debido a factores domésticos e internacionales), por lo que la conclusión que podría extraerse, es que un Estado es viable por factores que poco o nada tienen que ver con los denominados “derechos históricos”. Estos mitos y relatos nacionales funcionan bien como elemento aglutinador, pero más allá de ese mero fin propagandístico, no deberían marcar la viabilidad o la inviabilidad de un hipotético nuevo miembro del sistema internacional de Estados.


PARA MÁS INFORMACIÓN:

Andersson B. 1993: Las comunidades imaginadas. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Mouffe C, Laclau E. 1987: Hegemonía y estrategia socialista. Editorial Siglo XXI, Madrid.

Villacañas J. L. 2008: Ensayos sobre Carl Schmitt: Poder y conflicto. Biblioteca Nueva. Barcelona.

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