El tablero político en Chile después de las primarias 2

OPINIÓN: Desde que se inició el proceso de primarias en Chile, el debate público no parece haber cambiado el eje del comentario insustancial, la retórica y el abuso del lugar común. La convocatoria a la ciudadanía parece ser la de siempre –salvo algún caso en particular–: dirimir la competencia de poder entre las élites dirigentes de los últimos 30 años y el resultado final, más allá de los candidatos ganadores, no será más que la desilusión de los de siempre.eduardo

Eduardo Alvarado Espina

Las primarias

El sistema político chileno, con la intención de innovar, incorporó a su modelo institucional de resolución de conflictos las primarias legales como procedimiento obligado, para todos aquellos candidatos presidenciales que buscaban convertirse en el candidato o la candidata única de las dos coaliciones políticas que han gobernado Chile los últimos 23 años. Aún así, este mecanismo no se consideró para la elección de los candidatos al Congreso, que es donde realmente se miden los partidos, con la salvedad de algunos distritos en que la Nueva Mayoría las realizará para designar a sus candidatos a diputados.

El proceso de competencia –que contó con una amplia cobertura en los medios de comunicación– entre los «diferentes» candidatos de las dos coaliciones políticas, estuvo marcado por la confirmación de la gran potencia electoral de la candidata de centroizquierda, Michelle Bachelet –hoy oficialmente candidata del pacto Nueva Mayoría–, la sorprendente victoria de Pablo Longueira, en la extrema derecha –que le convertía en  candidato oficial del Gobierno hasta su desistimiento– y por un porcentaje de participación total (22,5%) registrado –alto para los analistas cercanos a los candidatos, bajo para quienes cuestionan la representatividad del sistema político, que era la gran incógnita hasta el domingo 30 de junio pasado.

Sin embargo, el procedimiento de las primarias buscaba generar un mayor grado de incertidumbre, en cuanto al comportamiento de los electores respecto a los elegidos y las propuestas de los que buscaban ser elegidos, que difícilmente se logró.

La ex­presidenta, al rescate de la élite tecnocrática

Si nos detenemos en un factor meramente cuantitativo, como es el resultado de la votación en las primarias, muy poco se puede agregar a la definición de Bachelet como fenómeno de masas. De la votación se puede deducir que su mayor apoyo la obtiene en los sectores más populares del país –Puente Alto, Hualpen, Cerro Navia, PAC– lo cual le otorga una importante ventaja frente a sus competidores presidenciales después de las primarias. Sin embargo, esta ventaja se enfrenta al riesgo de la abstención, ya que es en los sectores más pobres de la población donde menos se vota, como se puede comprobar a través de los datos de las elecciones municipales de 2012. A esto hay que añadir que, en la situación social opuesta, en los grupos sociales de más altos ingresos, la ventaja se reduce sustancialmente o, incluso, desaparece, como ocurrió en las comunas más ricas del país, donde se impuso la opción neoliberal –no la única– de la oposición, representada por Andrés Velasco.

bachelet

La expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, todavía goza de fuerte popularidad. | Fuente: La Tercera.

Aun así, la votación que obtuvo la ex­presidenta Bachelet en las primarias evidencia la popularidad de la que aún goza. Incluso sin necesidad de expresar más ideas que el enunciado sobre cuestiones que para muchos ciudadanos son cruciales, como la educación, las pensiones o la constitución. No obstante, dicha popularidad no logra eclipsar la opinión crítica que se hace ver, en oposición a la imagen renovada y a la ambigüedad conceptual con que la actual candidata de la Nueva Mayoría enfrentó las elecciones primarias, desde otras posiciones de la «vanguardia de izquierda» y los movimientos políticos estudiantiles.

La vuelta de Michelle Bachelet, más allá de la bucólica invocación que hace a los ciudadanos, se origina en una doble y contradictoria necesidad de la actual oposición política, lo cual se ve reflejado en su discurso público ambivalente y cambiante que parece estar hecho para cada situación: una versión para los movimientos sociales, otra para los empresarios y una final para el ciudadano medio.

Esto se explicaría por la reconfiguración del espacio opositor durante los últimos años. Por un lado están aquéllos que realmente buscan efectuar cambios en el orden social imperante y requieren –confían– de una figura política altamente popular que asegure el triunfo de un programa político renovador, sin tener que acudir a un debate agotador durante la campaña presidencial. En esa dirección la alta valoración de la candidata legitima de por sí el programa político. Mientras, por otra parte, están los que han sufrido el síndrome de ansiedad de poder durante los últimos cuatro años y ven en el regreso de la ex­presidenta su «billete de vuelta» al Gobierno –resurge el llamado partido transversal del poder–. En ambos casos, Bachelet resulta ser la más confiable para el rescate, ya sea tanto para los idealistas como para los pragmáticos de la vieja concertación.

De este modo, la candidatura de Bachelet parece estar dedicada a hacer todo lo posible para que los partidos catch all –instituciones políticas vaciadas de contenido ideológico, con una estructura organizacional frágil y orientadas casi exclusivamente al buen rendimiento electoral– que la respaldan, vuelvan a obtener el control del Estado, sin que quede claro si es para llevar a cabo las propuestas –lo que se cree que son propuestas– o no, y que se han esbozado hasta ahora. Aunque, podría ser otra vuelta de tuerca al neoliberalismo humanizado que ha definido al modelo social chileno de las últimas décadas.

En síntesis, el triunfo de Bachelet puede ser un factor que consiga, más que un triunfo de un programa renovador del orden social chileno, revalidar a las ya conocidas élites políticas de la Concertación, amparadas en la gran popularidad de la candidata.

El vacío conceptual neoconservador

Reveladora es la votación que obtuvieron los candidatos del actual Gobierno en sus propias primarias –ya sea de manera individual o sumando ambas candidaturas– en cuanto al magro apoyo que tiene el actual Ejecutivo entre sus propios votantes –sólo votaron, por los candidatos de la derecha, 806.656 de los más de tres millones de personas que concurrieron a emitir su voto el día 30 de junio– y entre la población más pobre del país. Sólo en los grupos de más altos ingresos económicos se puede observar un compromiso mayoritario hacia la derecha, al conseguir ésta más del 80% de los sufragios en las comunas de Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea, aunque esto es un rasgo tradicional del comportamiento electoral en Chile. Eso sí, el veredicto final de este sector social es preocupante, al optar por la opción neoconservadora.

Por otra parte, la legitimación electoral que obtenía el «líder espiritual» de la derecha pinochetista conllevaba un proceso desgastador dentro de los partidos del oficialismo, donde Renovación Nacional buscaría, al haber perdido su candidato, dar golpes de astucia y de cambio frente a sus aliados naturales con el objeto de no perder su espacio político o, incluso, de aumentar su nivel de representación en el Congreso con cargo a la Unión Democrática Independiente (UDI).

Ahora bien, con la renuncia de Longueira a la candidatura presidencial –por motivos de salud– y, por lo tanto, sin candidato único –en la actualidad sólo la UDI ha proclamado a Evelyn Mathei como su candidata a la Moneda sin que Renovación Nacional haya expresado su apoyo– la derecha parece no llegar a un acuerdo de cómo y con quién enfrentar los comicios de noviembre. Aún así, su élite, que aparenta una retirada en sus nombres, no cejará en su posibilidad de mantener el control ideológico en sus espacios de representación política.

Considerando el nuevo escenario, serán los sectores de la derecha más conservadora y neoliberal los que buscarán llevar el debate al terreno de la inconsistencia y la entelequia conceptual para evitar pronunciarse sobre sus verdaderos objetivos, esto es, sus dirigentes hablarán de justicia, equidad, empleo, libertad, consenso y democracia sin jamás definir nada de lo que se diga. Es más, se seguirá el guión de siempre: evitar la definición pública, defender el «chorreo» como factor de distribución –incluso igualador– de la riqueza e insistir en la engañosa invocación del centro político, como llaman a los indecisos y desinformados. Claro está que dicho enfoque estará siempre circunscrito a la moral conservadora, el orden público, los intereses del gran empresariado, el clasismo y el autoritarismo.

Es así como la UDI cuando habla de «lo social» no se refiere a una mayor convergencia o cohesión entre los grupos sociales, o a una igualación de las oportunidades, sino a su idea de caridad cristiano-católica dirigida hacia los pobres, es decir, al bono como política pública –la dádiva o la limosna– que estigmatiza a las personas de menores ingresos y a los marginales a su estatus social permanentemente. Del mismo modo, vaciando de contenido trascendental a todo lo político, dirán que cambiar la constitución es algo que a la «gente común» no le soluciona nada y que la democracia sólo es sinónimo de representación y voto, con lo cual conseguirán que aquéllos a los que más oprime el sistema no se percaten de lo necesario que es modificar el orden social existente para que mejoren sus condiciones de vida. Utilizarán el eufemismo de «los problemas reales de la gente» para referirse a la seguridad pública como sinónimo protección de la propiedad privada, y de la estabilidad fiscal para proteger sus intereses económicos.

De este modo, esta derecha ultramontana, mercantilista y de filosofía neoconservadora, buscará llevar el debate de ideas al vacío conceptual, a la entelequia y, de ser necesario, a la retórica más simple del capitalismo. Saben que van a perder las elecciones presidenciales pero no están dispuestos a que eso signifique la modificación del orden social que han custodiado –con la complicidad tácita de los anteriores Gobiernos– hasta el momento.

Intentar dirigir la agenda pública en los próximos meses será la misión de quién asuma la candidatura de este sector político, para así evitar entrar en la discusión de fondo sobre el orden social que se impuso en el país durante las últimas tres décadas. El comando de Bachelet, al parecer, se lo pondrá muy fácil.

En este sentido, la situación política de la derecha, marcada por la retirada del candidato que obtuvo la victoria en sus primarias, les llevará a agudizar su discurso de orden público y protección de la propiedad desde la esfera gubernamental, y a buscar igualar las características personales de quien llegue a asumir la candidatura del sector con la candidata opositora de la Nueva Mayoría.

¿De cara a las elecciones seguirá todo igual?

Como bien señala el analista chileno Carlos Peña en su columna semanal en El Mercurio, con la confección del comando de la candidata de la Nueva Mayoría, «se evidencia la equivocación de quienes pensaban que habría una liquidación de la tecnocracia y la élite concertacionista». La instalación de la tecnocracia economicista y la élite política que ha mantenido el poder de la concertación desde su formación, confirman que cualquier idea de cambio democrático radical no sería más que un espejismo más dentro de la competencia electoral.

En este sentido, las primarias podrían ser consideradas, en términos políticos, una buena simulación de lo que será la elección presidencial del próximo mes de noviembre. El discurso, el contenido y la participación en el proceso de generación del gobierno representativo, seguirá las mismas reglas no escritas de las últimas décadas, sin detenerse a reflexionar sobre los cambios culturales y sociales de los últimos años en Chile.

Por una parte, está claro que la alta burguesía concurrirá a votar en noviembre y lo hará masivamente por un candidato neoconservador –como ha sucedió en las primarias– porque entienden que defiende mejor sus prerrogativas sociales, mientras que la candidata de la Nueva Mayoría deberá convocar a los sectores populares para alcanzar una victoria en primera o segunda vuelta, yendo más allá de los institucionalismos y las entelequias políticas que monopolizarán el discurso y las sensaciones hacia un casi inexistente centro político y una sacralizada estabilidad política.

Lo más probable por ello, salvo que medie un acontecimiento extraordinario –una mínima abstención de los jóvenes, especialmente de clase baja, y que, además, voten mayoritariamente por una tercera opción–, es que el real efecto de las primarias, tanto para quien asuma la candidatura en la derecha, como para la de Bachelet en la centroizquierda, sería el triunfo de las élites políticas de los partidos tradicionales, de la oligarquía neoliberal y sus «técnicos», y del engaño –muy bien disimulado por el silencio y la ambigüedad– por parte de quienes «cínicamente» se han vestido con los ropajes propuestos desde los movimientos sociales mayoritarios o por aquellos que han vaciado de contenido conceptos ampliamente aceptados.

Que todo siga igual en la política chilena hasta las elecciones –y después de ellas– es un efecto esperado de las primarias y de los arreglos políticos de la denominada Nueva Mayoría. Es cambiar para que todo siga igual. Por ello, introducir incertidumbre al sistema político –hacerlo menos predecible– no es una función exigible a los candidatos tradicionales, ni menos a las élites que los respaldan, esto más bien le corresponde a quienes están convencidos de que las posibilidades de transformar la realidad es más que un asunto de vanguardias ilustradas.

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  1. Pingback: La Fábrica de esclavos (la fórmula neoliberal para salir de la crisis) « Política Crítica

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