Gibraltar: más una molestia que un símbolo de pasada grandeza imperialista 2

A FONDO: Sin riesgo de perder su excolonia y puesto estratégico, el Gobierno de Reino Unido entra en las disputas entre Gibraltar y España con cierta reticencia. Mientras que el paso del tiempo ha erosionado los vínculos con el pasado imperio británico, parece que la lealtad de Gibraltar hacia el Estado británico es tan fuerte como siempre. Los siglos de construcción de la identidad en el Peñón significan que el pueblo nunca aceptará la transferencia a España de ni una parte de su soberanía. La implicación es que para Reino Unido, los antagonismos entre Gibraltar y España suponen solamente daño a las buenas relaciones entre Londres y Madrid.

Matthew Robson

     

A primera vista, la polémica más reciente entre los Gobiernos de Gibraltar y España gira en torno a medidas ambientales que está tomando el Ejecutivo gibraltareño. No obstante, al analizar con más profundidad el caso, las reivindicaciones por parte de Madrid parecen ser un intento enfocar la atención de los ciudadanos en este tema, utilizándolo como una cortina de humoEl surgimiento de la crisis ha tenido el efecto de desviar la atención, si bien ligeramente, del escándalo de corrupción en el que está envuelto el Partido Popular (PP) y su presidente.  Los acontecimientos más recientes han desencadenado las cuestiones recurrentes sobre la soberanía del Peñón, aunque la futilidad de tales demandas significa que existen, meramente, como parte de la principal táctica de diversión. Los procesos históricos de formación de identidad en Gibraltar excluyen de forma abrumadora una conexión con el Estado y la nación española. Arrastrado a la disputa, el Gobierno británico es incluido a la misma sin que él quiera; al fin y al cabo, el gran hermano reacio, no corre ningún riesgo de perder su base militar estratégica y símbolo de su antigua grandeza imperialista.

La descarga en aguas gibraltareñas de barcos viejos, coches, y bloques de hormigón cumplen con el objetivo de crear un arrecife artificial, por lo cual se puede asegurar la conservación de la vida marina de la bahía de Gibraltar. El hormigón, concretamente, se usa para impedir tácticas agresivas de pescadores.  Según Eric Shaw, el director de la Gibraltar Ornithological and Natural History Society (GONHS), llevan 30 años construyendo el arrecife y ahora «el fondo submarino arenoso ha sido reemplazado por un oasis de vida marina sumamente diversa». Shaw asegura que «el arrecife no tiene ninguna intención salvo la de conservación».  Por su parte, la responsable de Océanos en Greenpeace, Celia Ojeda, ha afirmado que «España ha empleado cientos de ellos [arrecifes artificiales] para proteger sus mares» y que, según lo visto a través de los medios, «el arrecife es igual a los que tantas veces emplea España».

| Fuente: Google.

Plano del Peñón desde el aire. | Fuente: Gibraltar Port Authority.

Teniendo en cuenta todo esto, ha sido algo sorprendente la vehemencia de la respuesta al arrecife difundida por el Gobierno español. El ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García-Margallo, fue directamente al ataque al declarar que «se acabó la broma de Gibraltar». También se puede percibir un elemento nacionalista en sus enunciaciones, particularmente con su insistencia: «Jamás pisaré el Peñón hasta que ondee allí una bandera española». La clave para entender la estrategia del Gobierno español se puede encontrar en este mismo discurso del ministro.  No sólo es un discurso nacionalista, sino que Margallo pretende establecer una brecha entre los españoles –de los que él es el defensor– y aquéllos a los que sitúa fuera de la nación española, en este caso, los gibraltareños.  La acusación del ministro es que el arrecife artificial «fue construido para dar problemas», y «para impedir la pesca». Se trata de traer una disputa local dentro del ámbito político nacional, por medio del pronombre «nosotros», y de tal forma que la actuación de Gibraltar se convierte en un ataque contra todos los españoles.

Otros miembros del PP se han sumado para echar más leña al fuego. Siguiendo la trayectoria de Margallo se encuentra el alcalde de Callosa de Segura, Javier Pérez Trigueros, quien ha colgado un montaje en su Facebook, en el que figura la legión española desfilando justo al lado de Gibraltar. En la parte más alta del Peñón hay una bandera española ondeando, del lado izquierdo un toro –del publicitario Osborne–, y en el cielo, aviones militares.  Este conjunto de imágenes, símbolos inequívocamente nacionalistas, representan la invasión y la supuesta reconquista de Gibraltar. Parece que la oportunidad de sumarse al fervor nacionalista iniciado por Margallo y el Gobierno era algo que el acalde no podía resistir. Y no es la primera vez que el alcalde ha demostrado sus méritos nacionalistas, defendiendo los símbolos españoles de los catalanes independistas que los menosprecian: «Que les den la puñetera independencia a estos mierdas ya y nos dejen tranquilos».

El momento de las intervenciones de los políticos del PP es sin duda merecedor de comentario. Frente al escándalo de los pagos que involucra el extesorero del partido, Luis Bárcenas,  el PP se ha encontrado en los medios día a día. El mismo presidente, Mariano Rajoy, ha tenido que defenderse de peticiones de dimisión por su relación con Bárcenas. Aunque el impacto político de usar la disputa de Gibraltar como una diversión puede ser mínimo y de corta duración, —han surgido más revelaciones recientemente sobre el formateo de un ordenador de Bárcenas– esta táctica no se puede descartar principalmente debido a la gravedad de la situación en la que se encuentra el PP.

Sea cual sea la fuente de la crisis más reciente entre Gibraltar y España, Reino Unido ha entrado en el asunto con un aire de renuencia.  Contestando las llamadas de peligro del Peñón, el Gobierno británico ha cumplido de nuevo con su papel maternal. Aunque supuestamente parte de un despliegue rutinario, la llegada en Gibraltar del barco de guerra HMS Westminster recordó las escenas antiguas de las películas western y la llegada de la caballería. Tales acciones han ido respaldadas por un discurso que hace eco en ello. Entre amenazas de reclamar a la Unión Europea y las advertencias de que la relación que vincula Reino Unido y España podría verse afectada, el compromiso de apoyar el Peñón por parte del Gobierno británico ha parecido ser convincente. Con la crisis diplomática en marcha, el primer ministro británico, David Cameron, ha prometido que «Gran Bretaña siempre defenderá Gibraltar». «Siempre defenderemos los intereses de la gente que vive en Gibraltar».

Es interesante hacer hincapié en que la opinión pública de Gran Bretaña está mayoritariamente de acuerdo con la retórica del Gobierno británico. En un sondeo reciente, elaborado por el investigador de Imagen Exterior Javier Noya, más de tres cuartas partes de los encuestados británicos se muestran a favor de su reacción al respecto. No obstante, en cuestiones de soberanía, un modesto 48% prefieren que Gibraltar siga bajo el dominio de Londres, mientras que los demás encuestados favorecen la cesión de poder de algún modo. En conjunto, los resultados parecen demostrar que, aunque el público británico respalda la respuesta del Gobierno de Cameron, se muestra un cierto grado de ambivalencia con respecto al tema de soberanía. Sugiere que para muchos británicos, no existe el vínculo emotivo con el territorio que conduciría a actitudes exclusivamente posesivas.

El periodo en que Franco gobernó sobre España y la postura que adoptó con respecto a Gibraltar, constituyen un momento importante en la consolidación de las identidades gibraltareñas.

En cambio, el pueblo gibraltareño ha demostrado en varias ocasiones su lealtad inquebrantable al Estado británico. En términos de la construcción de la identidad, el territorio «ofrece un buen ejemplo de cómo la identidad de los habitantes del enclave se ha formado por siglos de separación y disputa política con el territorio vecino más grande» (Gold P., 2010: 367). El periodo en que Franco gobernó sobre España y la postura que adoptó con respecto a Gibraltar, constituyen un momento importante en la consolidación de las identidades gibraltareñas. Además de cerrar la frontera ejerciendo presión económica sobre el pueblo, el sentido general de amenaza que provenía del Estado español hizo que, como en otras ocasiones, el pequeño pueblo del Peñón mirara a Reino Unido para conseguir apoyo, solidaridad y protección.

En 1953 y 1954, este apoyo llegó en forma visible de una gira real en la que la nueva reina británica visitó Gibraltar. Fue también una oportunidad para los gibraltareños de demostrar por un conjunto de performances su lealtad a la corona británica y por lo tanto, al Estado británico. La visibilidad de las pancartas y las banderas británicas, apoyada de manera entusiasta por una gran parte de la población, pusieron muy claro el sentido auténtico de conexión con Gran Bretaña. En aquel momento, Joshua Hassan, líder político local, aseguró a la reina: «Puede que este Peñón sea el territorio más pequeño perteneciente a su Majestad, pero la lealtad de sus habitantes es inigualable».

Más recientemente, los gibraltareños han tenido otras oportunidades de demostrar su fidelidad al Estado británico y al mismo tiempo, su rechazo a los avances de Madrid. Quizás la más significativa ha sido el referéndum de 2002 que se llevó a cabo, efectivamente, para aplastar una propuesta planteada por los Gobiernos de Reino Unido y España respecto a soberanía compartida del territorio. Un contundente 98% de la población votó en contra de la propuesta. En su estudio sobre identidad en Gibraltar, Gold ha llegado a la conclusión de que con el paso de tiempo, se ha formado «una identidad híbrida –gibraltareña y británica– que identifica enteramente con Gran Bretaña en términos de alineamiento político, mientras que al mismo tiempo se crea su propia identidad cultural distintiva» (Gold P., 2010: 377). A la inversa, aunque el idioma español se habla extensamente en Gibraltar, no se traduce en absoluto en una identidad española.

Por eso, las mismas intenciones del Gobierno de Blair de ceder parte de la soberanía a España no fueron bien recibidas en el Peñón. Peter Caruana, exministro principal de Gibraltar, comentó en aquel momento que «una de las razones por las que los gibraltareños se han molestado tanto por la actitud del Gobierno británico es que su lealtad y apoyo no se está correspondiendo».  No obstante, para otros, entre los que se encuentra el exministro de Asuntos Exteriores, Jack Straw, un acuerdo con España tenía todo sentido. Según él, una «resolución duradera le traería a Gibraltar un futuro más estable, más seguro y más próspero». Al mismo tiempo, implicaría mejores relaciones entre Reino Unido y España: «La disputa es perjudicial para los intereses de Gran Bretaña porque estamos intentando construir una alianza estratégica con España para ayudar a lograr la UE que ambos desean».

En cualquier caso, resultó imposible llevar a cabo los cambios de soberanía del Peñón sin el apoyo del pueblo; las posibilidades de lo cual siempre han sido entre sumamente improbables e inexistentes. El problema es que está escrito en la Constitución gibraltareña que ningún cambio puede producirse en contra de los deseos del pueblo. La parte clave de la constitución de 1969, que posteriormente fue actualizada en 2006, destaca el compromiso de que «el Gobierno de Su Majestad nunca concertará acuerdos en virtud de los cuales el pueblo de Gibraltar pase bajo la soberanía de otro Estado contra sus deseos expresados libre y democráticamente» (The Gibraltar Parliament, 2013).  Esto, en efecto, «les ha dado a los gibraltareños el poder de veto por lo que respecta a la transferencia de soberanía» (Gold, 2010:371).

El verdadero interés en el Peñón mostrado por Reino Unido siempre ha estado relacionado con su percibido valor geoestratégico.

Sin embargo, curiosamente, esto no paró a Jack Straw en sus intentos de llegar a acuerdos con los españoles. Debe de haber sido bastante obvio que sus planes iban en contra de casi el pueblo entero de Gibraltar, hecho que respaldaría las afirmaciones del exministro principal sobre la falta de lealtad por parte del Gobierno británico. El quid de la cuestión es que el contexto político de la relación entre Reino Unido y Gibraltar ha cambiado mucho. Si bien durante la gira real de 1953 y 1954, Gibraltar representaba uno de los últimos símbolos del imperio británico, aunque fuera en decadencia total, hoy en día Gran Bretaña ya no tiene tanta proximidad a su pasado imperialista y por eso no tiene la misma sentimentalidad con sus excolonias. Por eso, a pesar de la retórica de Cameron y Hague, las disputas entre Gibraltar y España representan meramente la fuente de problemas indeseados entre Londres y Madrid.

Habiendo dicho esto, Gibraltar sigue siendo una base militar de gran importancia. El verdadero interés en el Peñón mostrado por Reino Unido siempre ha estado relacionado con su percibido valor geoestratégico. Su ubicación justo entre el Viejo Continente y África, visto también como la puerta de entrada al Mediterráneo desde el lado del Atlántico, ha asegurado que Gibraltar haya ocupado una posición prominente en las representaciones geopolíticas realistas. Con referencia al sea power que ha caracterizado tanto la visión militar británico, Alfred Mahan argumentó en 1890, «tales colonias, vinculadas con la madre patria, proporcionan los medios más seguros de apoyar el poder marítimo de un país en el extranjero» (Mahan, 1890). Más reciente, el geoestratega Zbigniew Brzezinski se ha referido a Gibraltar como una «ventaja geográfica vital»,  que funciona como un «cuello de botella o eje clave en el sistema de control imperial» (Brzezinski, 1998).

Mientras que la principal visión geopolítica de los Estados liberales sigue siendo una de realismo, la transformación en las relaciones entre Reino Unido y España significa que la base militar británica no estaría en peligro, fuera como fuera un acuerdo sobre compartir soberanía. España es un aliado cercano, miembro de la Unión Europea y de la OTAN, y socio en la lucha contra el terrorismo. Hay intereses económicos importantes entre los dos países. Por estas razones, no se pueden comparar los casos de Gibraltar y las islas Malvinas, por ejemplo. No va a haber una invasión al Peñón como en el montaje del alcalde español. Gibraltar continuará sirviendo los intereses estratégicos británicos, y al mismo tiempo, continuará siendo un impedimento a una mejor relación entre Reino Unido y España.

PARA MÁS INFORMACIÓN:

Gold, Peter (2010). Identity formation in Gibraltar: Geopolitical, historical and cultural factors en Geopolitics, volume 15, 2.

Mahan, A. T. (1890). The Influence of Sea Power Upon History 1660-1783, BoD.

Brzezinsky, Zibgniew  (1998). The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives. Estados Unidos, Basic Books.

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  1. Pingback: Gibraltar: la eterna lucha entre España y Reino Unido « Política Crítica

  2. Discrepo en la conclusión. Llegará un punto en el que resultará insostenible que Gibraltar sirva a los intereses británicos y continue envenenando la relación bilateral. Después de 2002, el Reino Unido ha resuelto al dilema de qué promesas mantener, la de la Constitución gibraltareña o la de la Declaración de Bruselas. La opción gibraltareña no le saldrá gratis. A medio y largo plazo tendrá que enfrentarse de nuevo al dilema, elegir entre el apoyo incondicional a 30.000 habitantes, herencia de un pasado colonial, o salvaguardar las buenas relaciones con un país de más de 50 millones de habitantes.

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