La otra cara del referéndum 1

Álvaro M. Barea Ripoll

DNI
 OPINIÓN: El recurso de la consulta popular está en alza. Todos podemos conocer las bondades de esta herramienta política, pero también debemos ser conscientes de que también tiene sus sombras.

 

Últimamente se habla mucho de referéndums. En España, las fuerzas políticas soberanistas de Cataluña se han marcado el objetivo de convocar un referéndum para que el pueblo catalán decida su estatus político. En el Reino Unido encontramos, curiosamente, dos propuestas de consulta; en primer lugar la que el primer ministro David Cameron quiere plantear a los británicos respecto al papel de su país en la Unión Europea y, en segundo lugar, la ya programada consulta en Escocia para separarse o no de Inglaterra. En Quebec, por su parte, ya se han convocado varios referéndums de independencia y, con toda seguridad, volverá a haber otra consulta.

Lo primero que se nos puede venir a la cabeza al pronunciar la palabra “referéndum” sería democracia, y es que no hay nada más democrático en una decisión política que preguntar directamente a los propios ciudadanos. Es evidente que hablamos de un instrumento necesario para llevar adelante importantes proyectos políticos con la legitimidad que da la aprobación directa del pueblo soberano, pero el uso y abuso del referéndum guardan una cara oculta.

Se pueden encontrar sombras en varios tipos de consultas populares. Y es que, en primer lugar, no se debe confundir referéndum con democracia. A menudo se convocanáñvaro plebiscitos para cubrir con un halo de democracia lo que no es democrático. Sin ir más lejos, durante la dictadura del general Franco se llamó por dos veces al referéndum a los españoles; ambas para legitimar importantes leyes del régimen que, evidentemente, fueron aprobadas. Hay que recordar que el referéndum es una herramienta siempre puntual de naturaleza democrática en lo procedimental; no se puede definir como democrático a un gobierno por convocar y controlar una consulta del mismo modo que, como dice el refrán, el hábito no hace al monje.

En segundo lugar hay que considerar otro tipo de referéndum, que es el de autodeterminación. Toda situación que derive en la convocatoria de una consulta de autodeterminación—o de independencia, o de consulta sobre el estatus político, o de cualquier otra terminología que se quiera utilizar—implica un conflicto político. Obviamente hay muchos grados de conflicto y el referéndum es una herramienta de resolución que podemos considerar democrática en su procedimiento, pero la situación donde se desarrolla el plebiscito implica ciertos problemas.

El primer problema que aparece al plantear un referéndum de este tipo es ¿quién puede participar? La respuesta a esta pregunta siempre implica una intensa contienda política, a menudo con el resultado de derribar la iniciativa de la consulta. Las diferentes fuerzas políticas participantes en el conflicto siempre buscarán establecer el marco demográfico conforme a sus propios intereses. Es por esta razón, por ejemplo, que el conflicto del Sáhara Occidental permanece sin solución; durante décadas, Marruecos ha fomentado el asentamiento de marroquíes en territorio saharaui, los cuales—defiende Rabat—tienen el derecho a participar en un posible referéndum de autodeterminación. En esta situación, una consulta sobre la independencia del Sáhara Occidental puede tener un resultado u otro en función de si se acepta o no el derecho a participar de estos nuevos residentes.

álvaro 2Del mismo modo, resulta curioso que se apele al derecho a decidir de los británicos sobre su papel en la Unión Europea—que, por cierto, es un papel privilegiado—y, del mismo modo haya reticencias con el derecho a decidir de Escocia sobre su pertenencia en el Reino Unido. Sería cómico un escenario donde Inglaterra se desvinculara de la Unión Europea y una Escocia independiente solicitara el ingreso en la unión y en el euro.

El segundo problema que aparece es la forma de hacer la consulta. Las diferentes partes también compiten entre sí por concretar la pregunta concreta que definirá el referéndum y las opciones posibles. Por ejemplo, si a la pregunta “¿qué estatus político desea para Cataluña?” sólo están las opciones “País Independiente” o “Comunidad Autónoma”, con toda seguridad la falta de matices implicará una falta de representatividad fundamental en el resultado—sea el que sea—puesto que, como así indican los análisis electorales realizados, el pueblo catalán es de todo menos homogéneo, y dos opciones no son suficientes para representar las muchas posiciones que los catalanes pueden tener respecto a una cuestión tan importante como su relación con el resto de España.

Otro problema que aparece no tiene que ver tanto con la lucha entre contendientes por condicionar el referéndum desde el inicio, sino en la propia reivindicación del plebiscito sobre  la autodeterminación. A menudo se suele invocar el derecho popular a decidir pero habría que definir antes qué se entiende por la decisión del pueblo, porque la decisión del pueblo soberano, al definir su propia naturaleza, no puede cambiar drásticamente en el corto plazo. En ese caso no estaríamos hablando de una consideración sobre la esencia del pueblo, sino de una moda pasajera. Por ello resulta difícil de compartir las repetidas invocaciones al derecho a decidir, por ejemplo, en Quebec, donde ya  se convocó un referéndum de independencia en 1980 que perdió el independentismo y, quince años más tarde—en 1995—volvió a celebrarse otro referéndum de independencia que obtuvo el mismo resultado. ¿No ha quedado clara ya la voluntad del pueblo? ¿Por qué se sigue presionando para un tercer referéndum? La razón es que hubo más apoyo a la independencia en la segunda consulta que en la primera, así que es posible que en la tercera gane definitivamente la opción independentista. Pero eso no es apelar a la esencia del pueblo, es crear artificialmente una realidad que a priori no existe.

Finalmente, otro problema con la propia reivindicación del referéndum es que la apelación al derecho soberano del pueblo a decidir su destino queda olvidadaálvaro 3 inmediatamente después de que sus máximos defensores en un inicio—frecuentemente las fuerzas independentistas—hayan conseguido sus objetivos. En términos de lógica partidista es comprensible, pero es una prueba clara de que, en cuestiones de referéndum, primero está el objetivo de cada uno y, después, la democracia. ¿Desde cuándo no se ve un referéndum de re-anexión? ¿Hubo alguna vez uno? Va contra el sentido común creer que quienes votaran contra la independencia en un referéndum de autodeterminación y perdieran—hasta el 49,9% de la población consultada en ese caso—cambiarán de opinión al día siguiente de la consulta . ¿No existe el derecho a reconsiderar una independencia después de consumarse ésta? Si el derecho a decidir no es en realidad una cuestión generacional y puede invocarse varias veces en poco tiempo en base a la demanda de una minoría, ¿no debería aplicarse esta premisa a unas nuevas minorías contrarias a la separación?

El lado oscuro de la consulta popular, sobre todo en términos de determinación política, es digno de tener en cuenta, puesto que nos enseña que en numerosas ocasiones no se apela en realidad a la democracia o a la voluntad del pueblo, sino a la consumación de unos intereses determinados que están por encima de éstos. Después de todo, y que nos quede bien claro, nacionalismo no es en absoluto sinónimo de democracia.

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Un Comentario

  1. Pingback: El mito y la memoria en la búsqueda de la independencia de Escocia « Política Crítica

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