La ampliación de la UE: un proceso centro-periferia 2

Después de las dos últimas crisis económicas que han sacudido (y siguen haciéndolo) el orden político-social de los países europeos y de los frustrados intentos de implementar un orden institucional vinculante -como la constitución europea-a los Estados miembros de la Unión, resulta menester analizar el camino que ha seguido la cuestionada troika y los Estados miembros de la UE en la construcción de un modelo desigual de integración política, económica y social, al  adherirse al imaginario globalizante neoliberal.

Eduardo Alvarado Espina 

UE2

Logotipo de la Unión Europea.
Fuente: http://www.ue.org

“La Unión fomentará la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados miembros” [1].

Para alcanzar la membrecía oficial del club europeo de los 27, se establecen algunos requisitos previos que cada candidato debe cumplir. Estos criterios específicos, que son políticos, jurídicos y económicos, se enmarcan en la teoría modernizadora occidental o, como también la denominan algunos autores, de democracia de mercado[2], propios del sistema-mundo capitalista.La Unión Europea, aunque parezca una entelequia supranacional, está conformada por instituciones que representan a todos sus Estados miembros en distintos niveles. En el seno de esas instituciones se fortalecen los intereses que subyacen en sus grupos productivos y financieros, y que, muchas veces, superan las fronteras de la propia comunidad económica. Es así como el dinero que un ahorrante coloca en un banco español o alemán puede estar siendo utilizado para especular en el sector inmobiliario chino o sirio –beneficiando a grandes inversores europeos- como extensión de la política de libre circulación de capitales que fijan los organismos europeos.

Así es como, Comisión, Consejo o Banco Central Europeo (BCE), son actores preponderantes para el desarrollo de las políticas económicas neoliberales basadas en el mercado y la democracia representativa. Este escenario intensificaría algo que la UE considera esencial: la competitividad de las empresas que pertenecen al territorio soberano de sus Estados miembros. Tan anhelada competitividad queda plasmada en los artículos 3 N° 3 y 173 del tratado de funcionamiento de la misma Unión que favorecen dicha iniciativa[3]. Pero, ¿cuál es la competitividad mercantil que está dispuesta a asumir cada uno de los países miembros?

¿Mejorando las condiciones de la periferia?

Cuando la actual UE aprobó la adhesión e incorporación de los países meridionales a las dinámicas de la Comunidad Económica en los años ‘80, lo hizo asumiendo las diferencias que países como España o Portugal mantenían frente a los países que pertenecían a la megalópolis del antiguo arco europeo –desde el centro de Londres hasta el norte de Italia–. Para ello se establecieron fondos que estaban destinados a lo que, hasta esa época, eran consideradas zonas con procesos periféricos, propios del paradigma de desarrollo capitalista, como Andalucía, Lisboa o el sur de Italia.

Debido a estas medidas, las expectativas de las regiones más atrasadas de los países mediterráneos se vieron fortalecidas yUE geoeconomía potenciadas. No obstante, esto se hizo…

«…por encima del análisis en el que se conjugaban las condiciones que fijaron el Acuerdo de Adhesión con las características estructurales de algunas economías periféricas, para advertir de ciertos riesgos que parecían evidentes y ante los que se mostró, desde “el monopolio ideológico oficial” (Martín Rodríguez 1995), el más absoluto desprecio»[4].

La idea de avanzar hacia una Europa con un desarrollo armónico de sus distintas regiones fue gradualmente cediendo a una realidad que seguía siendo establecida por los antiguos centros y/o potencias capitalistas del subcontinente: Reino Unido, Francia y Alemania. De esta manera se acentuaron las diferencias, tanto a nivel interestatal, como dentro de los mismos territorios nacionales.

Por otra parte, la existencia de los oligopolios es una característica fundamental del sistema capitalista global y una realidad en casi todos los Estados nacionales, incluyendo la dinámica del mercado internacional. Son los propios Estados los que buscan generar las condiciones necesarias para la subsistencia de dicho orden de poder en los mercados. La UE advierte y es parte de esta realidad. Sus empresas y bancos buscan acumular más capital constantemente, ya sea ingresando como un privilegiado competidor o como propietario de un monopolio natural en países de la periferia planetaria o de los centros secundarios de la propia comunidad económica europea.

En la actualidad, podemos llegar a establecer que tales condiciones no se han visto mejoradas sustancialmente, ya que en las regiones del sur de la UE se siguen imponiendo procesos productivos basados en la ganadería y la agricultura. Además, se imponen políticas económicas que fomentan la inversión de los fondos de cohesión –que la UE destina a sus Estados miembros y sus zonas periféricas– en infraestructura pública y privada que no crea un valor agregado, ni colabora en la construcción de un modelo de desarrollo socioeconómico que apunte a igualar los procesos complejos entre estos Estados y aquellos procesos productivos y financieros centrales de Europa.

Una UE neoliberal, desde lo local a lo global y desde el centro a la periferia

Otro de los puntos relevantes, al momento de delimitar la geografía política y económica de la ex Comunidad Económica Europea, es la generación de tratados y la adhesión a los mismos, que cimentan, regulan y orientan la configuración de este ente supranacional. Es así como se han aprobado un conjunto amplio de tratados que fijan la naturaleza, principios y límites de la UE, partiendo por aquel que constituye la Unión, el tratado de Maastricht[5].

Este tratado fija tres objetivos fundamentales para la construcción de la Unión de Estados Europeos, a saber, una unión económica, en base a una política monetaria y un mercado único; una política de defensa común y una ciudadanía europea. Además, establece las instituciones permanentes de la Unión como la Comisión, el Consejo, el Parlamento Europeo, el Banco Central Europeo, el Tribunal de Justica y el Tribunal de Cuentas, todas ellas con facultades que sólo serán subsidiarias a la de los Estados nacionales. Pero, retomando el objeto mismo de análisis, dicho tratado confirma la versión más neocapitalista de la UE al enfatizar en el avance del mercado común, por sobre la Europa social y ciudadana.

En lo que respecta al espacio de la Unión, no es la geografía humana la que destaca en su composición, ésta es más bien un elemento anexo a las decisiones políticas y económicas de la UE, la cual sólo resulta de interés al momento de restringir el acceso de los ciudadanos no comunitarios al espacio Schengen. Tiene un interés meramente migratorio. El espacio que sí identifica la integración europea es el mercado común, el cual intensifica las relaciones económicas en condiciones de desigualdad y el poder de ciertos estados, con un «modelo de Estado como base territorial que procede del control de la producción capitalista»[6].

Por su parte, si revisamos los principios rectores de la UE como organismo de composición interestatal, más allá de las declaraciones de buenas intenciones de los tratados europeos, encontramos que la formula económica utilizada es la del crecimiento económico sostenido basada en la competitividad de una economía social de mercado o, lo que es lo mismo, una formulación neoliberal. Este modelo económico, ratificado por el Tratado de Maastricht, con privatizaciones y ajustes fiscales que obligan a disminuir los gastos sociales, es el que impera hoy en la Unión de los 27.

Asimismo, el proceso de convergencia hacia el euro, que era la carta de navegación económica de Bruselas hacia finales del siglo XX, impuso a los Estados miembros las obligaciones de reducir el déficit público, recortar gastos sociales y llevar adelante procesos privatizadores de propiedad pública –en el sector energético y de servicios básicos– las cuales se profundizan con la crisis de 1998. Todo esto revela que el sentido último de estas recetas es «la búsqueda, por parte del capital, de mantener su tasa de ganancia en el contexto actual de crisis»[7], recetas que no han cambiado en lo esencial cuando se trata de afrontar una crisis económica. Es más, los centros ideológicos neoliberales han desplegado el mismo hilo discursivo en la crisis actual del sistema financiero europeo.

De lo local a lo global

Las tres escalas, local, estatal y global, son reproducidas en función a los procesos de acumulación y explotación de la relación centro-periferia. Dentro de los mismos espacios conviven procesos de centro, de semiperiferia y periferia que determinan el intercambio con otras escalas geográficas. Así tenemos por ejemplo que, del mismo modo que la paridad por poder adquisitivo entre un habitante de Barcelona y uno de Estocolmo es asimétrica, la vinculación de un andaluz con el Estado español es mucho más precaria y estigmatizadora que la de un madrileño.

Esta asimetría también se observa en el poder político efectivo que despliega cada Estado en las instituciones de la UE. Alemania, Reino Unido y Francia tienen una capacidad de veto que les permite imponer sus propios intereses nacionales a los demás Estados miembros mientras que, a contrario sensu, a otros países –como Bulgaria o Rumanía– no se les permite ser parte del espacio Schengen, ya sea por ser considerados espacios geográficos con grupos étnicos proclives a la inmigración económica o por ser considerados conflictivos.

La ideología también influye constantemente en la división asimétrica de las espacialidades, fomentando los procesos de deslocalización productiva que apuntan a cambiar positivamente la supuesta realidad de un espacio local, que se puede considerar periférico, desde el espacio estatal. La industria que moviliza su actividad productiva desde un territorio central hacia uno periférico es descrita, por el discurso oficial, como un factor de bienestar para la zona receptora de capital extranjero, sin considerar el beneficio superlativo que el poder político genera a esa empresa por instalarse en un espacio geográfico y mano de obra menos costosa. Lo mismo ocurre cuando se postula, desde el Estado, que la apertura del mercado es la mejor forma de aumentar la riqueza nacional (crecimiento económico). Una visión que se funda en el triunfo del liberalismo mercantil y la versión neoliberal de finales del siglo pasado en el sistema-mundo, como bien lo remarca Immanuel Wallerstein:

«El triunfo del liberalismo en definir la geocultura del sistema-mundo moderno en el siglo XIX y en mayor parte del siglo XX fueUE geopolítica institucionalmente posible por el desarrollo de los basamentos del estado liberal[8]».

De esta forma Europa ha ido estructurando un modelo de realidad tripartito, uno semejante al sistema-mundo de Wallerstein que permitía controlar los conflictos que subyacen a su relación bipolar centro-periferia. Esta estructura –centro-semiperiferia-periferia– es adecuada por Taylor a un modelo de estructura geográfica horizontal tripartita, donde el centro es el Estado-nación[9], el cual resulta de interés al poder describir de forma más gráfica los procesos del sistema economía-mundo dentro de las espacialidades de la Unión Europea. En este sentido se puede señalar:

«El papel de las estructuras tripartitas consiste en fomentar la existencia de una categoría intermedia que separe intereses en conflicto. Por tanto, en nuestro modelo, el Estado-nación es la instancia intermedia entre la escala global y la local. Dado que un aspecto geográfico-político fundamental de esta intermediación consiste en actuar como un simple amortiguador o tapón, debemos considerar que esta disposición constituye un ejemplo clásico de ideología que separa la experiencia de la realidad»[10].

En el caso de la Unión Europea, el modelo es aplicable en cuanto a que la estructura supranacional opera como un conjunto protector y mitigador de los intereses en conflicto entre los Estados y el dogma ideológico, y de estos con la realidad y la globalidad. El mercado común y las instituciones que representan a los Estados –Comisión y Consejo– cumplen dicha labor específica, mientras que el relato de la ciudadanía europea, en alto grado de funcionalidad del mercado, complementa la acción en el espacio local. Para una mejor comprensión, esta adaptación se ilustra en la siguiente figura.

La tensión entre mercado e identidad europea común

La tensión entre la corriente ideológica que fomenta una integración regional de carácter meramente económico y la identidad social de la ciudadanía europea, ha ido quedando supeditada a la competitividad de sus economías nacionales en el mercado global y los cambiantes flujos de los mercados financieros. Siendo así, la prioridad la ha tenido y la tiene la rentabilidad, el aumento de gananciales de los sectores oligárquicos de los Estados-nación más industrializados del subcontinente. Esto se ha hecho más evidente con el poder que está alcanzando esta organización interestatal, tanto en el relato histórico europeo como en las medidas que impone a los Estados miembros con motivo de la crisis económica iniciada en el año 2008.

Aunque hay que hay que tener en cuenta que este tipo de conducta responde más a una necesidad de proteger el sistema económico al que se han adscrito las naciones más poderosas de la economía europea, que a un empoderamiento de una política unívoca y supranacional que responda a los intereses del demos europeo. En palabras de Castells «la economía es global; el Estado es una red europea, en negociación con otros actores internacionales, mientras que la identidad del pueblo es nacional, e incluso local y regional en algunos casos»[11].

De esta forma, las contradicciones que subsisten en el modelo de integración europeo, que son recubiertas por una capa espesa de decisiones político-ideológicas, terminan siendo decisivas al momento de una crisis económica, ya que las desigualdades no sólo reflejan los procesos espaciales entre las naciones europeas, sino que también son una reproducción de los modelos de desigualdad interna que fomentan las clases dominantes en cada geografía económica.

A modo de conclusión

“Cada hombre vive así gracias al intercambio, o se transforma en alguna medida en un comerciante, y la sociedad misma llega a ser una sociedad mercantil”[12]. Con esta frase de A. Smith se puede ejemplificar lo que hoy representa, en términos generales, el espíritu desigual que recorre Europa, gracias a un proceso de unión monetaria y mercado único a medida de la retórica de la globalización. Una reconfiguración del espacio que mantiene las asimetrías históricas entre centros y periferias entre la Europa central y los Estados del Sur y Este del subcontinente, un proceso de integración que ha fortalecido el poder económico y político de antiguas potencias como Alemania, Francia y Gran Bretaña, por sobre una integración “homogénea” de los ciudadanos europeos.

Como hemos visto, el imaginario globalizante capitalista es el que predomina en las políticas de integración de la UE. Los procesos de centro-periferia se reproducen una y otra vez mientras se  incorpora un nuevo país periférico. Los centros, marcados por los intereses de las oligarquías capitalistas, mantienen un control sobre y en las instituciones comunitarias, particularmente aquellas en las que intervienen directamente los gobiernos. En ello colabora bastante el consenso ideológico del crecimiento económico basado en el mercado, del que son parte los grandes partidos paneuropeos y sus sistemas políticos nacionales.

En los términos que definen los procesos de la economía-mundo, el modelo construido por la Unión Europea se basa en la acumulación de excedentes en sus centros y en la explotación de sus periferias colindantes, ya estén dentro de las fronteras de la propia comunidad o en el “extrarradio” europeo. Esto, como se puede deducir del funcionamiento de todo sistema-mundo capitalista, ha profundizado las asimetrías entre las diversas escalas espaciales de la geografía europea sin encontrar oposición en el camino. Las desigualdades se presentan entre las zonas urbanas en una misma región; entre ciudades de un mismo Estado y entre estos, dentro de los límites de la propia Unión. De esta manera se ha perdido el objetivo de la Europa social y ciudadana que se enunció en su tratado constitutivo.

 


[1] Artículo 3.3 del Tratado de la Unión Europea

[2] En términos políticos: tener instituciones estables que garanticen la democracia, el estado de derecho y los derechos humanos. En términos económicos: tener una economía de mercado en funcionamiento y la capacidad de afrontar la presión competitiva y las fuerzas del mercado dentro de la Unión. En términos jurídicos: aceptar las normas y prácticas establecidas de la UE y, en particular, los grandes objetivos de unión política, económica y monetaria. En http://europa.eu/pol/enlarg/index_es.htm

[3] En versiones consolidadas del tratado de la Unión Europea y de su tratado de funcionamiento, en: http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriServ.do?uri=OJ:C:2010:083:FULL:ES:PDF

[4] En Vence, X y Outes, X, “La Unión Europea y las crisis del Estado de Bienestar”, serie Actualidad, pág. 80. Editorial Síntesis, 1998.

[5] El tratado de Maastricht, que entró en vigor el 1 de noviembre de 1993, modifica todos los tratados de la antigua Comunidad Económica Europea y es el que termina por configurar el constituyente de la Unión Europea y que, entre otras cosas, además crea la actual denominación de “Unión Europea”, se profundiza el modelo capitalista de integración para los países del subcontinente europeo.

[6] En Durand, M., Lévy y J., Retaillé D., “Le Monde Espaces et Systémes”, pág. 84. Presses de la Fondation Nationale des Sciencies Politiques, 1992.

[7] En Vence, X y Outes, X, “La Unión Europea y las crisis del Estado de Bienestar”, serie Actualidad, pág. 122. Editorial Síntesis, 1998.

[8] En Wallerstein, I, “Análisis del sistema-mundo”, pág. 94. Siglo XXI Editores, 2005.

[9] En Taylor, P y Flint, C, “Geografía política: Economía Mundo, Estado-Nación y Localidad”, pág. 47. Trama Editorial, 2002.*

[10] Ibíd.

[11] Castells, M y Serra, N. “Europa en construcción. Integración, identidades y seguridad”, pág. 15. Fundación CIDOB, 2004.

[12] En Smith, A. “La riqueza de las Naciones”, pág. 55. Alianza Editorial, tercera edición, 2011.

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