Los cuatro vectores del conflicto político en Turquía 4

MUNDO: Las recientes protestas populares en Turquía se muestran al mundo como una prolongación de las Primaveras Árabes o de los movimientos ciudadanos globales. Sin embargo, obedecen sobre todo a factores  sociales específicos de un país que lleva milenios siendo un puente entre Oriente y Occidente, y que en la actualidad se enfrenta a un conflicto político y religioso mucho más complejo. Dicho conflicto versa en torno a cuatro vectores sobre los  que se debe profundizar para comprender la situación actual del país otomano.

Miguel Candelas Candelas

El futuro del moderno Estado turco está plagado de sombras e incógnitas debido a la propia complejidad de su heterogénea sociedad. Fuente: Elmed.io

El futuro del moderno Estado turco está plagado de sombras e incógnitas debido a la propia complejidad de su heterogénea sociedad. | Fuente: Veil Sirin en revista Elmed.io.

Durante el último mes los principales medios de comunicación del mundo se han hecho eco de las protestas ciudadanas contra el Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan, iniciadas el 28 de mayo de 2013 en la plaza Taksim a raíz de la polémica decisión del primer ministro turco de querer talar el histórico parque Gezi para posibilitar la construcción de un gran centro comercial sobre las ruinas de un antiguo cuartel militar otomano. Sin embargo, este aparente comienzo puramente ecologista de la protesta no ha sido más que la chispa que ha encendido la llama de un creciente descontento popular.

El desacuerdo que hay en el país es muy heterogéneo y transversal, que lejos de ser una prolongación más de las Primaveras Árabes o de los movimientos ciudadanos de países occidentales se constituye como un estallido de los cuatro vectores principales que han marcado la vida política turca durante las últimas décadas, agrupados en dos grandes ejes: democracia-autoritarismo y laicidad-islamismo. Asimismo, la contundente represión policial llevada a cabo por las autoridades del Partido de la Justicia y el Desarrollo –AKP por sus siglas en turco–, que incluso utilizó unidades militarizadas de la Gendarmería Turca para desalojar brutalmente a los acampados en Gezi, unida al llamamiento a sus partidarios a iniciar un movimiento de respuesta hacia los manifestantes, ha hecho que las protestas se extiendan a ambas orillas del Bósforo, convirtiéndose en un auténtico pulso contra el conjunto de las políticas islamistas y neoliberales llevadas a cabo por el Gobierno de Erdogan desde su llegada al poder, aupado entonces por amplias capas populares que hoy, diez años después, comienzan a sentirse defraudadas ante las falsas expectativas de democratización.

Sin embargo, para comprender la compleja situación política turca es necesario ahondar en los orígenes de este peculiar pueblo, a caballo entre Europa y Asia. Desde los tiempos más remotos, Anatolia y Tracia –las dos zonas geográficas que hoy forman el territorio nacional turco– han sido regiones situadas en un punto estratégico entre Oriente y Occidente. Esto las ha llevado a ser escenario de grandes acontecimientos de la historia, combinando etapas de cooperación y de conflicto entre los pueblos que se fueron estableciendo en sus costas. Zona de tránsito obligado en las rutas comerciales de los metales y de la seda, fue ocupada sucesivamente por hititas, micénicos, persas, macedonios, romanos, bizantinos, árabes judíos y otomanos, dando forma a un crisol de culturas y sociedades que han  perfilado la Turquía actual y sin las cuales es muy difícil comprender los fenómenos políticos y geopolíticos que se desarrollan en las fronteras de este país.

Turquía, una historia compleja

No en vano, muchos historiadores especializados en estudios turcos señalan que los sucesos acontecidos en las fronteras del país otomano son los que en realidad han marcado los cambios de era en la Historia universal, tales como la destrucción de Troya, la fundación de Bizancio, la caída de Constantinopla o la desintegración del Imperio Otomano. Siguiendo esta línea, no sería de extrañar que al compás de las revueltas que se están viviendo en Turquía, algún académico se aventurase a señalar la plaza Taksim como el inicio de un gran proceso de cambio regional y global.

La errónea identificación que muchos occidentales realizan entre árabe y musulmán ha llevado a definir la protesta en Turquía como una primavera árabe más, cuando los turcos no sólo no son árabes, sino que históricamente han combatido contra ellos.

En cualquier caso, y al margen de interpretaciones de uno u otro signo, lo cierto es que no podemos ignorar el hecho de que se trata de un pueblo muy heterogéneo, forjado a través de muchos siglos de historia, puente entre civilizaciones y con unas particularidades políticas, sociales e ideológicas derivadas de dicha diversidad. Concretamente, el pueblo otomano, el último y más importante de los que ocuparon este territorio intercontinental y el que, a la postre, ha dado lugar a la Turquía tal como la conocemos hoy en día, se estableció en la península Anatólica en el siglo XIII. Las invasiones mongolas de Genghis Khan y sus sucesores posibilitaron que las rutas de Eurasia quedasen abiertas, y gracias a ellas, muchas tribus y pueblos procedentes del Turkestán –de ahí el nombre de Turquía– pudieron emigrar hacia el oeste siguiendo la estela de las hordas mongolas.

El pueblo otomano acabó islamizándose, y posteriormente conquistando los debilitados reinos árabes de Oriente Medio y los restos del Imperio Bizantino, razón por la cual hoy el islam es la religión predominante en Turquía, Albania o Bosnia, sin que ninguno de estos tres pueblos sean árabes, asimilación esta, entre árabe y musulmán, que muchos occidentales tienden a realizar erróneamente, y que provoca que se denomine a las protestas de Turquía como una primavera árabe más, cuando en realidad, no sólo los turcos no son árabes, sino que históricamente han combatido contra ellos.

Imperio Otomano y frontera actual de Turquía. | Fuente: Wikipedia.

Imperio Otomano en la etapa del Tratado de Sèvres (1920)  y frontera actual de Turquía. | Fuente: Wikipedia.

El nuevo Imperio Otomano se convirtió tras la conquista de Constantinopla (1453) en la potencia musulmana más importante de la Edad Moderna, llegando en el siglo XVI hasta las puertas de la ciudad de Viena. Sin embargo, su progresivo declive al entrar tarde en la era de la Industrialización llevó a que el territorio del Imperio fuera menguando poco a poco, hasta que al final de la I Guerra Mundial, el Tratado de Sèvres puso fin al sultanato otomano y el país fue invadido y troceado por las potencias vencedoras. En 1923 una rebelión militar de un grupo de jóvenes oficiales turcos liderados por Mustafa Kemal Atatürk logró expulsar a las tropas occidentales de la región central del Imperio –Anatolia y Tracia–,  donde Atatürk creó un nuevo Estado moderno, aboliendo el sultanato, modernizando la administración y separando la religión del Estado, para lo que creó un ejército profesional que, hasta la actualidad, ha sido el garante del laicismo de Estado frente a las tentativas de reislamización del país. Por ello, desde 1923 hasta la actualidad, la tónica que ha marcado la historia de la moderna Turquía ha sido, como señala Torres Zapata, la de la lucha entre laicismo e islamismo, junto a un intento de democratización cada vez mayor del país, a partir de la década de los ’80.

Mientras, a nivel internacional se iniciaba un proceso de cambio geopolítico, en el que el nuevo Estado turco intentó aproximarse a la órbita de alguna de las nuevas superpotencias emergentes. Atatürk sabía que su nuevo Estado laico tenía riesgos de desestabilización tanto internamente –por el islamismo y el nacionalismo kurdo– como externamente –a causa de Grecia o el panarabismo–, por lo que buscó un aliado fuerte con el que apuntalar su nuevo régimen, y lo encontró en Estados Unidos, cuya nueva política imperialista necesitaba de Estados satélites con los que amenazar a la Unión Soviética.

Fruto de esta doble necesidad, Turquía entró a finales de la II Guerra Mundial en el bando Aliado, y cuatro años más tarde pasaba a formar parte de la recién inaugurada OTAN, la alianza internacional confeccionada por Estados Unidos dentro del nuevo contexto de la Guerra Fría. El régimen turco se benefició de la nueva política de bloques, ya que la incapacidad griega para contener a las guerrillas comunistas que Washington consideraba una amenaza, unida a la intención estadounidense de amenazar a la URSS por el sur, provocó que Turquía se convirtiese en el aliado que Estados Unidos requería en la región. Es importante comprender el surgimiento de esta relación bilateral, ya que desde entonces, Turquía no ha dejado de pertenecer a la OTAN, lo que ha supuesto en innumerables ocasiones una carta blanca para reprimir al nacionalismo en el Kurdistán o para conservar su dominio en la zona oriental de Chipre, territorio que Turquía invadió como respuesta al golpe de Estado progriego que se produjo en la isla, que hasta entonces había sido gobernada bilateralmente manteniendo un statu quo entre grecochipriotas y turcochipriotas.

De forma paralela y en una época en la que aún era una quimera pensar que los países del centro de Europa entrarían en el proyecto europeo, Turquía, beneficiándose de su alianza estratégica con el bloque occidental, firmó un acuerdo de asociación con la primitiva Comunidad Económica Europea (CEE). Extrapolando esto a las protestas que tienen lugar en la actualidad, no es difícil prever que EEUU hará todo lo posible por mantener a su aliado privilegiado en el Mediterráneo oriental, y que no apoyará a ningún tipo de oposición, a diferencia de lo que ha sucedido en otros países, como en Libia o en Siria.

No obstante, también hay que analizar brevemente la evolución de la política interior turca moderna para comprender lo que ha supuesto la llegada al poder de Erdogan y los conflictos sociales que se han intensificado fruto de su gobierno. Los inicios del Estado kemalista de Atatürk estuvieron marcados por un fuerte autoritarismo político sustentado en un ejército profesional que garantizaba manu militari el laicismo de Estado así como el gobierno dictatorial de Atatürk y sus sucesores.

Esta situación es la que lleva a los cuatro vectores mencionados. Por un lado, un laicismo que compite directamente con un islamismo amenazador debido a la reacción islámica contra el progresismo secular impulsado por las élites. Por otro, el intento de conservar unas estructuras rígidas y autocráticas de poder frente al deseo social de democratización. Progresivamente, el Estado secular originario y autoritario turco tuvo que ir cediendo terreno ante el aumento del descontento social, pero las tímidas reformas políticas que se llevaron a cabo provocaron que los islamistas fuesen ganando terreno paulatinamente.

Asimismo, en 1967 se produjo el inicio del auge del islamismo en el conjunto de Oriente Medio tras la derrota militar del panarabismo laico frente a Israel, lo que provocó que alrededor de Turquía fuesen proliferando regímenes con una fuerte islamización que consideraban que el socialismo árabe había sido derrotado por alejarse de la fe, y por ende, planteaban volver a los inicios más rigoristas del Islam. Esto provocó que la Turquía secular se sintiera aún más amenazada por el islamismo, lo que llevó a que el Ejército, que constitucionalmente tiene asignada la función de proteger el Estado laico, iniciara toda una serie de golpes de Estado cada vez que un partido islamista ganaba unos comicios, seguidos de una fuerte represión contra sus militantes.

Esta situación contribuyó a salvaguardar el régimen secular, pero evidentemente, provocó que fuera creciendo una importante masa descontenta que lentamente iba encontrando en el islamismo un refugio frente al autoritarismo político kemalista, islamismo que se nutría de simpatizantes que, en momentos de crisis económica, provenían de las capas populares más desfavorecidas y que tras la caída del bloque soviético en 1991 se vio incrementado, ya que los comunistas turcos acabaron reducidos a la marginalidad, por lo que se decantaron por la órbita islamista.

El actual Primer Ministro Erdogan (islamista) junto a un General de la cúpula militar turca (secular); una fotografía que simboliza a las dos principales fuerzas antagónicas en Turquía. Fuente: Milenio.com

El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan (islamista) junto a un general de la cúpula militar turca (secular); una fotografía que simboliza a las dos principales fuerzas antagónicas en Turquía. | Fuente: AFP, en Milenio.

Todos estos factores, sumados al propio anquilosamiento del Estado, fueron los que posibilitaron que en el año 2003 Erdogan ganara las elecciones legislativas y se convirtiera en primer ministro de Turquía. Erdogan, histórico militante del Partido Islamista (MSP), que posteriormente se transformó en el Partido de la Prosperidad (Refah Partisi) lo que le había llevado a estar en prisión en varias ocasiones durante las etapas de represión e ilegalización de partidos, que hasta los años 90 no cesaron. Dichos periodos de reclusión, unidos a su popular gestión de la alcaldía de Estambul durante una de las etapas de democracia entre golpes de Estado, provocó que Erdogan fuese paulatinamente visto por muchos sectores de la sociedad como un mártir de la libertad a la par que un eficiente gestor, lo que aumentó exponencialmente su popularidad y provocó que una mayoría electoral lo catapultase en 2003 hasta el gobierno de la nación, una mayoría que aglutinaba a islamistas, conservadores y sectores populares tradicionalmente oprimidos y olvidados por el kemalismo. Este triunfo electoral se produjo ya bajo las siglas del actual Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), la nueva refundación del islamismo moderado turco.

Ya en el gobierno, Erdogan inició un progresivo programa de reformas que combinaba el neoliberalismo económico con la reislamización social. La coincidencia de las nuevas reformas con un periodo de crecimiento económico provocó que Erdogan enlazase tres mayorías absolutas consecutivas. Sin embargo a partir de 2009 (año en que comenzó su tercer mandato) inicia una progresiva deriva autoritaria, intensificando un proyecto islamizante en lo moral y neoliberal en lo económico (un proceso que desde diferentes medios se ha denominado otomanización), que unido al inicio de la crisis económica global, ha ido progresivamente socavando los cimientos de su amplia base electoral, un proceso de carcoma que ha pasado desapercibido para la opinión pública mundial y para el propio gobierno islamista, pero que ha proseguido durante cuatro años hasta que en el parque Gezi han quebrado las primeras columnas de su poder. No en vano, algunos analistas señalan que Erdogan en apenas veinte años ha pasado de ser el líder de los creyentes resistentes frente a la oligarquía militar, a ser el director del mismo aparato represor[5]. Bien es cierto que a pesar de todo ello Erdogan aún mantiene una mayoría de ciudadanos turcos que lo apoyan (concentrados fundamentalmente en las zonas rurales y empobrecidas del país y entre los sectores urbanos islamistas), pero su apoyo ha menguado considerablemente, y si mantiene unas elevadas expectativas de voto se debe fundamentalmente al descrédito del principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), de signo centro-izquierdista y laico y heredero de la tradición kemalista. Es justamente este vínculo con el pasado el que le dificulta el convertirse en una alternativa de gobierno, ya que para muchos de los ciudadanos que protestan contra Erdogan, el CHP aún está contaminado de corrupción, autoritarismo y militarismo. No obstante, también cabe señalar que la heterogeneidad de los sectores opositores a Erdogan (ciudadanos laicos, ecologistas, feministas, islamistas anticapitalistas, conservadores republicanos, progresistas seculares, comunistas…) dificulta mucho la capacidad de encontrar un aglutinante que pueda concretarse en una coalición electoral frente a Erdogan.

El posible ingreso de Turquía en la UE fue un ambicioso proyecto del Primer Ministro Erdogan apoyado por una amplia mayoría ciudadana que sentía ese fuerte vínculo con Europa. Sin embargo, en unos pocos años la sociedad turca se ha vuelto mucho mas euroescéptica. Fuente: Anónima.

El posible ingreso de Turquía en la UE fue un ambicioso proyecto del Primer Ministro Erdogan apoyado por una amplia mayoría ciudadana que sentía ese fuerte vínculo con Europa. Sin embargo, en unos pocos años la sociedad turca se ha vuelto mucho mas euroescéptica. Fuente: Anónima.

Al mismo tiempo, los anhelos por formar parte de la Unión Europea también se han reducido en los últimos años. Aquí encontramos una combinación de elementos: por un lado, fue uno de los sistemáticos deseos de Erdogan el que bajo su mandato Turquía llegase a formar parte del proceso de integración regional europea, por lo que la pérdida de credibilidad del primer ministro también afecta a su modelo de política exterior; por otro lado, el inicio de la crisis económica y la pérdida de la confianza en las instituciones comunitarias de muchos de los ciudadanos que forman parte de la Unión, conllevan lógicamente, que los aspirantes al ingreso comiencen a cuestionárselo seriamente. Por otra parte, la solicitud de ingreso en la UE de Turquía coincidió con los años de hegemonía del modelo geopolítico del choque de civilizaciones (a raíz de los atentados del 11-S) por lo que Turquía como país de mayoría musulmana fue vista con recelo por parte de muchos ciudadanos europeos. Un dicho popular turco sostiene que la Unión Europea ha roto muchos corazones en Turquía”, y lo cierto es que plasma muy bien el termómetro actual del europeísmo en el país otomano. Un reciente sondeo del Instituto Marshall lo corrobora, al situar en un escaso 38% el porcentaje de ciudadanos turcos europeístas cuando hace escasamente 5 años llegaba al 73%[6].

En resumen, las protestas ciudadanas que se están viviendo en Turquía se enmarcan en la propia especificidad de un país que ha sido puente de culturas a  lo largo de la historia, y cuya política moderna se ha definido en base a cuatro grandes vectores, y de ese pulso entre islamismo, laicidad, autoritarismo y democracia emergerá el futuro de una nación que no es ni árabe ni occidental, y que por tanto, no puede ser analizada en base a patrones importados de otros procesos de desobediciencia civil.


[2] VEGA, F. 2006: El Turco. Editorial Debate. Madrid.

[3] TORRES ZAPATA, N. 2011: La Turquía moderna; el conflicto entre laicismo, islamismo y democracia. Revista 57. Asociación de Funcionarios y Empleados del Servicio Exterior Ecuatoriano (AFESE).

[4] MONZONIS-VILALLONGA, J. 2004: Turquía, entre Oriente y Occidente. Real Instituto Elcano (RIE), en http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/europa/ari136-2004

[5]Diario EL PAÍS (22-06-2013): La Metamorfosis de Erdogán. Política Internacional, en http://internacional.elpais.com/internacional/2013/06/22/actualidad/1371913144_117816.html

[6] Diario EL MUNDO (15-09-2010): Los ciudadanos turcos no quieren ser europeos. Política Internacional, en http://www.elmundo.es/elmundo/2010/09/15/union_europea/1284560517.html

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  1. En nuestro corte viaje tras Turquia encontramos unas personas (de Estambul y otras ciudades) con quien podemos hablar de la situación y una division quedó claro: que estaban 100% contra o 100% pro Erdogan. No hay mucho entre los dos.
    Una division que se fue entre los pro : dueños de empresas y los contra : empleados en tiendas que visitamos.
    Sé que no es representante por el pais, y lo siento mucho que dos intentos para hablar con manifestantes jóvenes en Taksim/Gesi resultaban a nadie porque no hablaban otra idioma que turco, pero creo que su articulo demuestra bien lo que sentimos : que la situacion no es facil y que no se resolvera muy rapido.

    Lo siento tambien que no lei veustro articulo antes de ir, porque me clarifica algunas cosas.

  2. Pingback: Islamismo, laicismo, autoritarismo y democracia: los cuatro vectores del conflicto político-social en Turquía | Infronteras

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