A FONDO: El contencioso de Gibraltar se ha convertido –para fortuna de un Gobierno español muy apurado— en el culebrón político del verano. Lamentablemente, el asunto se olvidará del mismo modo en que se recordó, para volver a resurgir dentro de un par de años y canalizar la mala leche que los españoles tengamos con alguien dentro de nuestras propias fronteras, pero no está de más que, a falta de no olvidar, hagamos recuento de lo que ha pasado de un tiempo a esta parte.

Álvaro M. Barea Ripoll

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Si bien la polémica actual se basa en unas aguas de la Bahía de Algeciras que están en disputa, esta fricción supone un detonante para sacar a la palestra el conflicto general, que es la disputa por la soberanía de Gibraltar. En este sentido, lo primero que hay que recordar es que la Organización de las Naciones Unidas, en su cuarta convención, incluye a Gibraltar en la lista de territorios a descolonizar. Eso es lo que dicta la legislación internacional. Punto. Cualquier objeción a esto, basándose en el mismo derecho internacional, sólo puede basarse en el derecho a la autodeterminación, pero en el caso de Gibraltar dicho derecho no cabe, puesto que la población originaria de Gibraltar, a quien no se le consultó en su momento la cesión de su hogar, se vio obligada al exilio –en la cercana ciudad de San Roque se guarda el libro del censo original de Gibraltar anterior a la ocupación británica— y son los descendientes de esas personas quienes aspiran en realidad a dicho derecho de autodeterminación. Además, puestos a resaltar derechos en materia internacional, hay que recordar el derecho a la integración territorial –uno de los pilares de dicho derecho—, reconocido también por la ONU en su Carta fundacional y que beneficia a España.

Gibraltar es una falacia desde su origen. El Peñón pasó a manos británicas como premio de consolación que un francés le dio a un inglés por perder una guerra que se libraba en suelo español. La Guerra de Sucesión fue una guerra entre terceros cuya única víctima era España. ¿Cesión de soberanía? Propina de un Felipe V recién llegado a su nuevo reino.

Cierto es que eso fue hace mucho tiempo, y también fue hace mucho tiempo que Gibraltar era una joya estratégica. Ahora, en realidad, no tiene ninguna utilidad real. En un mundo globalizado, con ejércitos con capacidad de despliegue casi global, con armas intercontinentales, con España y Reino Unido siendo no sólo socios, sino aliados, ¿qué sentido tiene una colonia militar? Como si Reino Unido no pudiera utilizar los puertos españoles para tener presencia en el Mediterráneo. Incluso con esta polémica estacional, ambos países realizan ejercicios navales conjuntos rutinarios en el estrecho. ¿Necesita Reino Unido una base militar colonial para desplegar una flota en el Mediterráneo? Cualquier especialista en la materia puede negarlo. Y es que el dominio del Peñón perdió hace tiempo su sentido.

Si a día de hoy no es un puesto militar, ¿qué es entonces? Un paraíso fiscal. La agencia tributaria española estima que, como mínimo, hay tantas empresas con sede en Gibraltar como habitantes tiene. Y no, Gibraltar no es el país de los autónomos; la exención de impuestos de la que goza el Peñón y la opacidad de sus cuentas supone un caramelo para todo tipo de actividades ilegales, sobre todo el contrabando, el blanqueo de capitales procedentes de operaciones especulativas y el tráfico de drogas y de armas. La economía de Gibraltar corrió, de hecho, serio riesgo cuando en las primeras reuniones del G-20 que pretendían «reformar el capitalismo» se planteó poner coto a los paraísos fiscales.

La bahía de Algeciras, cuyas aguas protagonizan el actual encontronazo entre España y Gibraltar (al fondo). | Fuente: Junta de Andalucía
La bahía de Algeciras, cuyas aguas protagonizan el actual encontronazo entre España y Gibraltar (al fondo). | Fuente: Junta de Andalucía.

Y hablando de cuentas, echando mano al bolsillo es normal que los llanitos –como se conoce a la población local— no quieran dejar su estatus de colonia británica. Se ven libres de impuestos, pero eso no es incompatible con tener media vida en territorio español. Es un argumento muy popular entre los españoles de la comarca del Campo de Gibraltar: los llanitos no pagan impuestos, pero tienen a tiro de piedra cualquier patrimonio o servicio público español. Hasta el ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, tiene su segunda residencia en la lujosa villa de Sotogrande, en el término municipal –casualidades del destino, o no— de San Roque, a la que hay que ir por gratuitas carreteras españolas. Por cierto, que una buena casa allí –la urbanización con mayor renta per cápita de toda Europa— no se paga sólo con el sueldo de un funcionario gibraltareño.

Pero remitámonos al caso concreto y actual: las aguas. Es cierto que la cesión de Gibraltar es anterior al derecho marítimo y, por tanto, Gibraltar puede argumentar que tiene derecho a tener aguas. Lo que no corresponde, por otro lado, es que Gibraltar desempeñe una política de expansión terrestre dentro y fuera de la bahía y recalcule constantemente las aguas a las que tiene derecho. Y menos cabe, por supuesto, que unilateralmente se permita acosar y secuestrar pesqueros españoles que navegan por las que ellos, sin jurisprudencia internacional que lo avale, reclaman como aguas propias.

Este último encontronazo España-Gibraltar viene por el vertido de bloques de hormigón en aguas que el Peñón considera suyas para acabar con la actividad pesquera de los barcos españoles y por el refuerzo, como respuesta de España, de los controles fronterizos a los vehículos que salen del Peñón. Hasta David Cameron, primer ministro británico, ha declarado su férrea defensa del acosado Peñón. La solución a esta situación sería bien fácil: España rebaja los controles y Gibraltar retira los bloques. Ante esto, como es costumbre en Gibraltar, el Peñón ha anunciado el vertido de más bloques a las aguas fronterizas.

Lo más irónico de todo es que las aguas donde se vierten los bloques de hormigón están justo en el final de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar, aeropuerto –y esto sólo como anécdota, no como antecedente de actividades opacas en la colonia— donde una oscura noche de 1943 murió en muy sospechosas circunstancias el líder de la resistencia polaca frente a los nazis y los rusos, Wladislaw Sikorski, a quien la Historia ha olvidado. Ese territorio –el istmo del aeropuerto— no estaba incluido en el Tratado de Utrecht; ese territorio era la zona de nadie en la que los cañones de ambas partes tenían alcance. Es decir, era territorio español. Ocurrió que hubo una plaga en la colonia, y por motivos humanitarios, los estúpidos e ingenuos españoles permitieron a los gibraltareños asentarse en la zona de nadie hasta que la plaga pasara. Y hasta hoy; verjazo y aeropuerto gibraltareño en agradecimiento. Son las aguas anexas a ese territorio tan noblemente conquistado el centro de la actual polémica.

Pero tampoco hay que mirar mucho al pasado para ver la falacia existencial de Gibraltar. Sólo hay que escuchar el argumento del hormigonazo: ecologismo. Lo hacen para defender la flora y la fauna marítima junto al aeropuerto. Y lo dice el Gobierno que defiende a ultranza la práctica del bunkering, que consiste nada más y nada menos que en disponer de barcos-gasolineras flotantes en las aguas cercanas al Peñón –aprovechando que la ley de protección medioambiental española no tiene efecto allí— y abastecer de este modo el abundante tráfico marítimo del estrecho. La fuga de hidrocarburos es una constante en el bunkering del estrecho y no sólo perjudica seriamente esa fauna y flora marítimas que los gibraltareños tanto quieren defender a base de hormigón, sino que también ayuda a que la zona del Campo de Gibraltar sea una de las áreas de población con mayor índice de cáncer de toda Europa.

Cualquiera que vive cerca del Peñón sabe tres cosas: que Gibraltar va a seguir con su política de hechos consumados sincronizada con una de victimismo ante cualquier respuesta española, que este asunto se va a olvidar tan pronto como se ha recordado, y que se escriba lo que se escriba y se diga lo que se diga, los protagonistas de esta historia sabemos que Gibraltar es una falacia existencial.