Los nacionalismos y el origen geopolítico del genocidio Responder

DERECHOS HUMANOS: La fabricación de un término para intentar evitar que se repitieran los errores de la Segunda Guerra Mundial —y de la primera— no consiguió erradicar el genocidio como manera de abordar la multiculturalidad en algunos países. El concepto de «genocidio» se creó para que no se repitiera… pero se repitió.

Tamara Fariñas R.

Memorial de la masacre de Srebrenica | Fuente: Michael Büker

Memorial de la masacre de Srebrenica | Fuente: Michael Büker

En 2015 se celebra el 70.º aniversario de la liberación de las regiones subyugadas bajo la dictadura de la Alemania nazi. El 30 de abril de 1945, Adolf Hitler se quitaba la vida cuando el Ejército Rojo entraba en Berlín, dos días después de que el líder fascista Benito Mussolini fuera ejecutado. El 2 de mayo, la Batalla de Berlín daba paso al inicio del fin de la Segunda Guerra Mundial, impulsando a las facciones alemanas desplegadas por toda Europa a rendirse rápidamente. El 5 de mayo, el campo de concentración de Mauthausen, donde miles de republicanos españoles perdieron la vida, era liberado por soldados estadounidenses. Ese y muchos otros, campos de concentración y de exterminio, abrían sus puertas de forma definitiva para que los pocos que consiguieron sobrevivir al infierno nazi pudieran intentar recuperar su vida.

El final de la II Guerra Mundial, hace ahora 70 años, supuso una nueva organización del mundo. La actuación, aunque débil, de la comunidad internacional a la hora de exigir responsabilidades a los causantes de los más terribles desastres que tuvieron lugar en toda Europa desde 1939 tuvo repercusión en los órganos supranacionales que trataron de crear una nueva legislación cuyo objetivo era no repetir los errores de la I Guerra Mundial. Así, en diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas firmó el Convenio para la prevención y la sanción del delito de genocidio, sellando así el momento en el que se menciona por primera vez en la historia el término que se acuñará después para masacres cometidas también en el pasado en un documento internacional.

El origen del término genocidio fue relativamente tardío, teniendo en cuenta que la gestación del concepto que define comenzó incluso antes de la era nazi en Alemania. Aunque etimológicamente se trata de un concepto muy sencillo que aúna el término griego genos-, que significa raza o clase, y el sufijo latino -cidio, que alude a la acción de matar, su definición jurídica tiene cierta complejidad que hace que su uso tenga algunas diferencias si se trata de un ámbito coloquial —o incluso académico o periodístico— o de un ámbito institucional. La primera definición de genocidio que se puede encontrar en la literatura pertenece a Raphael Lemkin, jurista judeo-polaco que huyó de la Alemania nazi para acabar pidiendo asilo en Estados Unidos. Lemkin publicó en 1939 El poder del Eje en la Europa ocupaday fue el máximo exponente de la lucha por el reconocimiento del genocidio como crimen a nivel internacional. Antes de huir a Estados Unidos, Lemkin abordó una primera toma de contacto con el término en un informe que envió a Madrid en 1933, donde se celebraba la Conferencia de Unificación del Derecho Penal, a la que no pudo asistir debido a la prohibición de Varsovia, que intentaba trazar una relación amistosa con la Alemania que acababa de dar el poder a Adolf Hitler. En este documento, Lemkin se refiere a dos términos que preceden a la conceptualización del genocidio: por un lado, «barbarie», que relaciona con determinadas acciones cuyo objetivo es «arruinar la existencia económica de los miembros de una colectividad», y por el otro, «vandalismo», anticipo de la noción de genocidio cultural (Elorza, 2014).

Stalin y Churchill: presión sobre la ONU

Entre las páginas de El poder del Eje… Lemkin define finalmente el genocidio como «la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento». Más concreta es, sin embargo, la definición que escoge finalmente la ONU para sancionar y prevenir este delito de gran escala:

«Cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal: 

  • Matanza de miembros del grupo
  • Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo
  • Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial
  • Medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo
  • Traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo».

Sin embargo, la definición por la que normalmente nos regimos —al menos, en España—, aunque no es la estrictamente jurídica, incluye un término que reduce el alcance del delito de genocidio: «político». Así, la Real Academia de la Lengua define el genocidio como «exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad». Pero la razón política está excluida de la tipificación penal de este tipo de masacre.

Aunque la idea de genocidio ya estaba en la mente de muchos juristas y legisladores, la intención de Lemkin era la de convertir, al menos esa «barbarie» y ese «vandalismo», en crímenes punibles internacionalmente. Durante los debates en los que se negociaba el texto final, «(…) del reconocimiento de las variantes religiosa, política y cultural del genocidio, las dos últimas fueron rechazadas con sello británico, en un ambiente donde las principales potencias parecían satisfechas con la sentencia de Nüremberg» (Elorza, 2014). Mucho tuvo que luchar Lemkin para que se llegara, en 1948, a aprobar la convención contra el genocidio. Incluso por el camino, el fiscal general de Reino Unido, Sir Hartley Shawcross, durante el debate sobre la cuestión en la Asamblea General de la ONU del 22 de noviembre de 1946, ya advirtió que el fracaso de esa propuesta había hecho imposible castigar algunos de los delitos cometidos por los nazis (Lemkin, 1947).

La presión no vino sólo por parte de los ingleses: los rusos también participaron en el texto que después definiría como delito a nivel internacional el genocidio. A Yósef Stalin no le interesaba que en la acepción del genocidio estuviera incluida la razón política, ya que de ese modo podría entrar él en la lista de acusados por cometer crímenes de esta categoría, así que pese a que el «grupo político» estaba previsto en la resolución sobre el genocidio de 1946, dos años después decidió eliminarse de la definición que, desde el mismo momento de su entrada en vigor, hizo que los atroces crímenes cometidos en la II Guerra Mundial —y después… y antes— pasaran a ser etiquetadas como delitos a nivel internacional.

Del término a la realidad

La definición del concepto, como en muchas ocasiones, vino mucho después de que tuvieran lugar los hechos que éste define. El término de «genocidio» tuvo que fabricarse para poder englobar muchas realidades que, años atrás y, lamentablemente también años después, acabaron con miles, millones de muertes en diferentes partes del mundo. Pese a la modernidad de la terminología y a la variedad de países donde éste ha tenido lugar, el genocidio tiene su origen, en prácticamente todos sus casos, en el nacionalismo.

Es a finales del siglo XVIII, en medio de una oleada de revoluciones, cuando surgen los nacionalismos, la primera de las cuales acabó con lo que se conoce como la ‘primavera de los pueblos’, en 1848, y cuyos logros se materializaron con la unificación de Alemania e Italia y la ascensión de Hungría en el imperio de los Habsburgo. Durante los últimos 30 años, Europa vivió una segunda oleada de nacionalismos –Chequia, Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Finlandia, Noruega y los judíos–, pero lo mismo ocurrió fuera de Europa –el Japón Meiji, India, Armenia y Egipto–. «A estos últimos pronto se les unió en las primeras décadas del siglo XX una variedad de nacionalismos étnicos en Asia –turcos, árabes, persas, birmanos, pueblos de Java, filipinos, vietnamitas y chinos– y las primeras agitaciones nacionalistas de África –en Nigeria, Ghana y Sudáfrica–. En los años treinta y cuarenta no había prácticamente un rincón del globo que no hubiera sido afectado por el asalto nacionalista» (Smith, 2004).

En las sociedades donde existe una gran variedad étnica, los poderes públicos pueden llevar a cabo diferentes estrategias para gestionar el sustrato de esa multiculturalidad, estrategias estas que históricamente han ido desde la asimilación, pasando por la integración y el multiculturalismo, hasta la limpieza étnica y, en su grado más extremo, el genocidio. En gran parte de los genocidios del siglo XX, reconocidos internacionalmente o no, existe este rasgo nacionalista: en 1915, casi 1,5 millones de armenios murieron a manos de los otomanos debido a una política de homogeneización nacionalista y religiosa durante la I Guerra Mundial; la misma política que se siguió en Bosnia y Croacia en los noventa, cuando murieron entre 100.000 y 120.000 personas. Similar carácter tuvo el genocidio de Ruanda de 1994, cuando una política étnica de carácter nacionalista acabó con 800.000 personas de la etnia tutsi o, a una escala menor aunque no menos importante, el de Srebrenica, donde fueron asesinadas unas 8.000 personas de etnia bosnia musulmana en 1995.

Armenios asesinados, una escena común en 1918 | Fuente: Henry Morgenthau

Armenios asesinados, una escena común en 1918 | Fuente: Henry Morgenthau (1918)

A pesar de que la intención de la convención de la ONU de 1948 sobre el genocidio era la de, precisamente, evitar que se repitieran los acontecimientos de la época nazi —o anteriores, como el genocidio armenio—, que hayan vuelto a ocurrir podría radicar en los errores en la creación del concepto de Derechos Humanos y de la diferenciación de éstos en activos —derechos por los que una sociedad se ha formado— y pasivos —aquellos en los que la sociedad continúa formándose—. Desde su configuración, de estos segundos, entre los que se engloban, por ejemplo, los derechos políticos, no todos los seres humanos han podido disfrutar: todos los seres humanos han sido, desde entonces, seres humanos, pero no todos han podido ser ciudadanos como tal —muchos sectores de la población (esclavos, negros, mujeres, niños…) no han podido disfrutar siempre de los derechos civiles—. Este principio de exclusión que ha dejado a una gran cantidad de personas sin poder disfrutar de todos sus derechos, sumado al sentimiento nacionalista llevado al mayor extremo han estado detrás de los genocidios cometidos en el mundo.

MÁS INFORMACIÓN:

ELORZA, Antonio. “Rafael Lemkin: la soledad del justo”, publicado en El País, el 14 de febrero de 2014.

LEMKIN, Raphael. “El genocidio como un crimen bajo el Derecho Internacional“, publicado en American Journal of International Law, en 1947. Traducido por Gonzalo Rodrigo Paz Mahecha, de la Universidad de Santiago de Cali (Colombia).

SMITH, Anthony D. Nacionalismo: teoría, ideología, historia. Alianza Editorial.

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