Tripartidismo neoliberal o rebelión ciudadana 1

DEMOCRACIA: Las próximas elecciones generales en España se consideran trascendentales. ¿Serán las que certifiquen el cambio político? Tanto las élites como los medios neoliberales no quieren que así sea, por eso conducen la agenda política por derroteros informativos que les favorecen. La desigualdad social –el centro de gravedad de la política– es ocultada a los ojos de la ciudadanía.

Eduardo Alvarado Espina

 

Excuse_me,_Sir,_who_shall_I_hate_next_,_by_Art_Young

The Liberator (mayo de 1919)

Hegel decía que todos los grandes hechos y personajes de la historia se repiten dos veces. A esto Marx ([1851] 1968) añadiría, «una vez como tragedia y otra vez como farsa». Esta premisa y su complemento pueden sintetizar la reciente historia de la sociedad posindustrial y, particularmente, la historia reciente de España. La pérdida de derechos políticos y sociales y la restitución de una élite económica en el centro de la política, nos retrotrae a la época predemocrática; a los albores del siglo XIX. Es lo que Colin Crouch (2004) denomina la posdemocracia. El neoliberalismo no sólo se presenta como una tragedia social, sino que también como una farsa política y económica. Con su implantación, la promesa de igualdad política que encarna la democracia se diluye en favor de prácticas monopólicas, falta de control político, asimetrías de información y comercialización de bienes sociales. Porque, «el neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad de comercio» (Harvey, 2007: 8).

Tras la caída del Muro de Berlín se presenta triunfante la farsa económica neoliberal en el mundo. Las políticas de ajuste fiscal, la supremacía de la política monetaria, la desregulación financiera, la reducción de salarios, el desmantelamiento de los derechos sociales y la amplificación de la desigualdad social en los países de la periferia capitalista se lleva a cabo en nombre de la libertad, la modernización y la democracia. Aparece el nuevo orden posdemocrático, en el cual la élite económica consigue, a través de préstamos bancarios y aportes reservados de dinero, cooptar a todos los partidos políticos que tengan opciones de gobernar en cada país. Se establece una dinámica en la que el consenso y las decisiones políticas quedan fuera del circuito institucional de la democracia (Offe, 1990). En el caso de España, el Partido Socialista (PSOE) y el Partido Popular (PP) fueron incorporados al entramado de poder de la clase dominante aunque, en realidad, el segundo ya era parte de él. El sometimiento de los socialistas a este régimen de poder quizás haya sido lento y doloroso para la mayoría de sus militantes, pero también felizmente aceptado por su establishment, desde Felipe González a Pedro Sánchez. De este proceso, que tan buen resultado ha tenido para las empresas que cotizan en el Ibex 35 –Bolsa de Valores de España– y sus socios transnacionales, emerge un «doble agente político neoliberal» conformado por los dos grandes partidos del bipartidismo. El PP asume el rol neoliberal más duro y conservador, mientras que el PSOE representa el lado suave y liberal de la misma fórmula política. Dos caras de la misma moneda que podrían conceptualizarse como hard-neoliberalism y soft-neoliberalism, respectivamente. Esta configuración del poder explica la rápida reforma del artículo 135 de la Constitución española. Un acuerdo entre estos dos partidos para dar rango constitucional a uno de los principios más relevantes de la ortodoxia neoliberal, la estabilidad presupuestaria. Pero la fatiga estructural de esta fórmula ya no asegura que el sistema político siga favoreciendo con agilidad los bien posicionados intereses de financistas y corruptores. Un cuadro político con nuevos actores y una ciudadanía más vigilante y militantemente crítica ha provocado que las estrategias tiendan a la renovación de la imagen, además de inclinarse hacia el discurso del miedo.

En este contexto político, en el cual los ciudadanos ofrecen resistencia ante las medidas de ajuste económico y recortes sociales, las élites neoliberales parecen haber acordado confiar la defensa de sus privilegios a otro partido que no carga con la cruz de la corrupción que el mismo sistema incentiva. Ciudadanos (C’s) es la respuesta que encontraron para (re)encantar a los sectores más noveles y desinformados de una clase trabajadora empobrecida, aprovechando la reproducción de las asimetrías de información de un sistema social que intencionadamente se asemeja al mercado. Se aprovecha de que no todos tienen las mismas capacidades ni disfrutan del mismo acceso a la información, debido a la existencia de una barrera de acceso fundamental: el dinero. Algo que saben muy bien los que patrocinan, financian y distribuyen el mensaje de Ciudadanos. Desde los grandes bancos, pasando por la industria energética y acabando en los grandes medios, se esfuerzan por mostrar al partido naranja como la única alternativa al antiguo bipartidismo que se resquebrajaciudadanos. Algo que se puede constatar en el tratamiento que tienen las propuestas electorales de Ciudadanos en los medios tradicionales. Ninguna es analizada con detenimiento, mucho menos criticada. Un trato que además podría explicar la falta de mención en los medios del inconsistente estado de las finanzas de este partido, que fue publicado en su página web el pasado mes de octubre.

Por otra parte, los mass media son los mayores difusores de las bondades que entraña la segunda restauración borbónica del 78’. ¿Para qué darla por superada? Sólo se necesita que la corrupción, que tiene el tratamiento político de un acto individual y no organizacional, sea relegada de las instituciones. Por eso se advierte cierta colusión informativa que opera en esa dirección. Así, la prensa escrita de tiraje nacional (El País, El Mundo, La Razón, ABC) y las grandes cadenas de televisión privada (Cuatro, Telecinco, Antena 3, La Sexta) se coordinan para que el producto informativo sea electoralmente favorable a los intereses económicos de los consorcios que los controlan o de las posiciones ideológicas que promueven. Una colusión que va de la mano con la falta de credibilidad e independencia que acusan los medios tradicionales, como denuncia un artículo del New York Times. Algo que, además, está relacionado con la confusión que existe en la prensa española entre la libertad de información y la libertad para mentir. Como advertía Maravall (2003) hace un tiempo, los grandes centros de poder económico e informativo pueden utilizar impunemente estrategias para manipular a los ciudadanos –presiones, chantajes, sospechas, amenazas– abrumándoles con cascadas informativas que terminan desinformando.

En España, la democracia liberal comenzó su declive hace más de 25 años, cuando las privatizaciones, la liberalización de los mercados y la ausencia de control de la actividad financiera se consolidaran como objetivos prioritarios de la política estatal. En la práctica esto se tradujo en un consenso político oligárquico que protege el marco ultraliberal de la economía y reduce la democracia a una competencia electoral, negativizando a todos aquellos que no lo comparten –se hace coloquial el término antisistema. Por tanto, lo que defienden los máximos dirigentes de los viejos partidos de la segunda restauración es una esperpéntica forma de representación dentro de un Estado neoliberal. Su continuidad, en un escenario político de cambio, depende de la capacidad de ofrecer un producto político que no sea identificado con el bipartidismo de las últimas tres décadas, pero que defienda lo obrado por populares y socialistas hasta ahora. C’s representa la misma derecha neoliberal que el PP, pero con un rótulo distinto. Por ejemplo, puede prometer bajar los impuestos y aumentar el empleo sin señalar cómo, aunque es más probable que sus medidas se orienten a rebajar la carga impositiva de sociedades mercantiles y grandes propietarios, y a liberalizar los bienes sociales para que el mercado se encargue de distribuir los escasos puestos de trabajo. Eso sí, sólo para aquellos que estén dispuestos a olvidarse de su dignidad y a ser legalmente explotados. Al fin y al cabo, para eso está la libertad de empresa y de trabajo. Como reza uno de los credos neoliberales, «mientras la libertad individual y personal se encuentra garantizada, cada individuo es responsable y debe responder por sus acciones y de su bienestar» (Harvey, 2007).

Para mantener el poder, la clase dominante –y gobernante– que controla los medios, no sólo coloca en mejor posición a los partidos neoliberales, además escoge y jerarquiza los temas que debe tratar la agenda informativa. Los más utilizados hasta ahora son la supuesta salida de la crisis, el desafío independentista catalán y la corrupción de agentes individuales. El primer asunto centra el mensaje en que el desempleo desciende y que España encarna un pujante crecimiento económico. No se dice que el empleo creado es el mismo que destruyó la reforma laboral del gobierno de Rajoy; o que el salario medio se ha reducido gradualmente desde 2011 hasta niveles inferiores previos a la crisis; o que el crecimiento de la economía en ningún caso beneficiará, como apunta Estefanía (2014), a los sectores más «precariados» de la sociedad. Lo que importa es el énfasis en los datos de superficie, no en la información económico-social que esconden.

El estropicio –o despropósito– catalán es lo que sigue. Un asunto con una excesiva cobertura que lo hace sospechoso de un intento de manipulación. Buscado o no, el procés se ha convertido en la mejor pirotecnia antes de las próximas elecciones generales. El cleavage nacionalista, muy presente en sociedades tradicionales (Inglehart, 2005), viene muy bien para evitar responder por otras cuestiones que resultan perjudiciales para las élites políticas, tanto en Cataluña como en Madrid, como la corrupción institucionalizada de los partidos que gobiernan en España y en la Generalitat, y el tremendo pozo de desigualdad en que han sumido a todo el país. Es una cortina de humo que distrae la atención de lo que realmente importa. Y, como sucede con los partidos de derechas, este problema les permite contaminar sin complejos el debate político con ideas de unidad nacional, defensa del statu quo y unificación cultural. En esto Ciudadanos puede ser el partido más peligroso, porque a sus propuestas «naturalizantes de la economía» se suman otras neoconservadoras que sólo tendrían acogida en una España pretérita.

En tanto, la corrupción es –y seguirá siendo– tratada con el objetivo de saturar al ciudadano, de obligarle a pensar que no hay mucho donde elegir; que todos los políticos son de por sí corruptos. Los medios no informan para que las personas tengan la información necesaria para ejercer un control del gobierno y de los representantes, sino para que suceda todo lo contrario. Se repiten, selectivamente, los casos de corrupción en la prensa y en la televisión sin profundizar en un análisis más detallado de la cuestión. Se deja de lado que los dos partidos mayoritarios han actuado como organizaciones menesterosas que subvencionan empresas y bancos con dinero público a cambio de poder político. O que un 69% de los directivos españoles justifica el soborno y la corrupción para obtener ganancias rápidasNadie se pregunta por la relación entre corruptores y corruptos. Ni siquiera se ha cuestionado éticamente que un partido corrupto pretenda seguir gobernando cuatro años más España. Ni lo harán. Y aunque en el paisaje político ibérico la corrupción sea un elemento estructurante de la relación entre poder económico y poder político, puede ser eliminado si los ciudadanos y las instituciones son capaces de ejercer un control retrospectivo de los gobiernos y los partidos. Por este motivo, lo que interesa a la élite corporativa y sus medios es que se perpetúe la sensación de que, pase lo que pase, no hay manera de revertir el problema de la corrupción. Y así, al final del día, se consigue que los individuos establezcan una unión indisoluble entre corrupción y política, alienándolos aún más de los asuntos públicos.

Después de todo esto ¿la ciudadanía española volverá a votar a los mismos partidos que vienen prometiendo, desde hace 30 años, acabar con el desempleo y la corrupción?

el poder de la gente

El uso banal y desproporcionado de estos temas intenta crear un  ambiente de desilusión y desconfianza entre los ciudadanos, además de invisibilizar las voces y grupos que desentonan con el mensaje oficial. Desmovilizar a todos aquellos que pensaban en la plausibilidad del cambio político y confundir a los que se sentían resignados pero vieron una oportunidad de revertir las cosas. El objetivo es que el electorado más crítico no se movilice, porque una participación inferior al 70% facilita el predominio de un tripartidismo neoliberal y un gobierno conformado por todas las combinaciones posibles entre PP, PSOE y Ciudadanos. Con ello, ultraliberales y neoconservadores podrían continuar desmantelando los derechos sociales desde el Estado, utilizando como coartada a la Unión Europea. No obstante, la ciudadanía aún está a tiempo de percatarse de la trampa, de evitar la resignación, si la mayoría decide mirar la realidad política con sus propios ojos y no con los distorsionadores prismáticos que ofrece el neoliberalismo, «uno de los enemigos íntimos de la democracia» (Todorov, 2012). De este modo, las próximas elecciones generales pueden transformarse en la gran y única oportunidad de rebelarse democráticamente contra la desigualdad, el maltrato social, la corrupción y el abuso de poder. En definitiva, que tras el 20D españoles y españolas puedan mirar el presente y el futuro con optimismo pasa, literal y necesariamente, por sus propias manos.

MÁS INFORMACIÓN:

Crouch, C., 2004. Posdemocracia. Madrid: Taurus.

Estefanía, J., 2014. El precariado, la peor herencia, Madrid: El País.

Harvey, D., 2007. Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Inglehart, R., 2005. Modernización y cambio cultural: la persistencia de los valores tradicionales. Quadens de la Mediterrània, núm. 5, pp. 21-31.

Maravall, J. M., 2003. El control de los políticos. Primera ed. Madrid: Taurus.

Marx, K., 1968. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Ediciones Halcón .

Offe, C., 1990. Contradicciones en el Estado del Bienestar. Madrid : Alianza.

Offe, K., 2014. Dos teorías y media. Posdemocracia en la era de los mercados financieros. Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo,  núm. 43, pp. 154-162.

OIT, 2015. International Labour Organization. [En línea] Available at: http://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@dgreports/@dcomm/@publ/documents/publication/wcms_343034.pdf [Último acceso: 16 Noviembre 2015].

Todorov, T., 2012. Los enemigos íntimos de la democracia. Barcelona: Galaxia Gutemberg.

 

Anuncios

Un Comentario

  1. Pingback: ¿Y ahora qué? Gran coalición o segunda transición « Política Crítica

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s