A pesar de la “insistencia” de las encuestas, no habrá gobierno del PP Responder

OPINIÓN: El presente artículo proyecta el posible resultado de las elecciones generales españolas más allá de las encuestas. El análisis propuesto tiene en cuenta cuestiones como la alta competitividad de la elección, los resultados de las últimas autonómicas, una mayor participación electoral y las grietas del bipartidismo en las pequeñas circunscripciones. Todo lo cual nos informa que Rajoy no volverá a gobernar.

Eduardo Alvarado Espina

Desde hace unos meses se viene difundiendo reiteradamente en los medios que, a pesar de los recortes sociales y la corrupción, el PP sería el partido más votado el 20D, que Ciudadanos llegaría a convertirse en la segunda fuerza electoral, y que el porcentaje de indecisos supera cualquier registro anterior. Los barómetros de hace un par de semanas –CIS, Sigma Dos, Metroscopia– pronostican un resultado similar. No obstante, las últimas encuestas dan cuenta de una “remontada” de Podemos acompañada de una caída de Ciudadanos, una mayor cercanía entre PSOE y los partidos “emergentes”, y un descenso en la intención de voto al PP. Pero ¿son reales estas proyecciones? ¿Qué fiabilidad pueden tener? ¿Tienen la intención de incidir en el voto de los indecisos?

La intención del CIS de incidir en los indecisos

En primer lugar, no se conoce en la reciente historia democrática española un barómetro del CIS con intención de voto que se publique a dos semanas de unas elecciones generales. Cierto es que la situación es excepcional, porque el Gobierno convocó la cita electoral interesadamente la última semana de diciembre, pero ello no justifica que esta institución pública modifique sus procedimientos sin un criterio claro. En su página web se puede leer lo siguiente: “Los meses de enero, abril, julio y octubre los barómetros incluyen un conjunto de preguntas fijas sobre actitudes políticas a partir de las que el CIS calcula y publica la estimación de voto”. De hecho, en las elecciones generales de 2008 y 2011 el CIS, siguiendo estas pautas, presentó esta misma información con más de un mes de antelación, el 21 de enero y el 6 de octubre, respectivamente. Este dato cronológico no es baladí, ya que publicar con tanta cercanía al evento electoral perseguía una doble intención por parte de quienes dirigen el CIS. Primero, crear desazón en los votantes de izquierdas y, segundo, inclinar el voto de los indecisos hacia el PP. El primer efecto fracasó, aunque fue una munición muy utilizada por los medios para anticipar un desplome electoral de Podemos. El segundo se relaciona con el efecto «bandwagon o caballo ganador», que es la disposición de los abstencionistas habituales a participar en las elecciones eligiendo la misma opción política de los votantes habituales (Lago y Montero, 2010). Por eso se repite constantemente que el PP va a ganar las elecciones para que aquellos que deciden votar en último momento «a caballo ganador» lo hagan por el partido de gobierno, pero es escasamente probable que esto suceda de la misma forma que en anteriores elecciones. Incluso, se podría aventurar que Podemos puede persuadir mucho mejor a esos votantes con el eslogan de la remontada.

La encuesta del CIS presenta también otros problemas que, al menos, es preciso mencionar. Uno de los más evidentes es la desagregación que hizo de la estimación de voto por partido. En ella le otorga un 9,25% de intención de voto a Podemos, diferenciando a este partido de sus coaliciones en Valencia (Compromis-Podemos), Galicia (En Marea) y Cataluña (En Comú Podem). La suma de todas estas coaliciones con Podemos llega a un 15,7% en intención de voto. No se hizo lo mismo con PP y PSOE, cuyas coaliciones regionales están incluidas en la intención de voto publicada. Otra cuestión que hay que observar es el impacto de las distintas cohortes cuando se cruza la intención de voto con una variable demográfica como es la edad. Los grupos de edad que superan los 55 años representaron un 38,7% de todos los encuestados por el CIS, mientras que los menores de 34 y mayores de 18 años llegaron al 22,8%. En 2011 el peso sobre la muestra de estas mismas cohortes fue de un 33,4 y un 28,7%, respectivamente. Esto introduce automáticamente un sesgo que favorece a los partidos que cuentan con mayores apoyos en los grupos de mayor edad cuando se “cocina” la intención de voto.

La competencia como factor de incertidumbre y mayor participación

Al intentar predecir lo que sucederá el próximo 20 de diciembre, no se ha incorporado el efecto competitivo que está en juego (ver Lago y Montero, 2010). Este efecto se ha visto potenciado por la concurrencia de dos nuevos partidos con opciones de gobernar o pactar un futuro gobierno. Una mayor competencia, que aumenta la incertidumbre en el resultado final, puede provocar: 1) una resignificación ideológica en la escala izquierda-derecha, y 2) una mayor participación de los electores. Ambos fenómenos favorecen a los partidos de oposición y perjudican al partido de gobierno. Los partidos que ofrecen un cambio político serán mucho más votados que aquellos que ofrecen continuidad. De este modo, «a mayor competitividad entre los partidos, mayor es la incidencia de estos en la definición de los contenidos de la escala izquierda-derecha y mayor es el calado ideológico del voto […] La falta de certeza en cuanto al resultado de unas elecciones fomenta el uso y la significación de la escala y aumenta su alcance como herramienta de predicción del voto» (Torcal y Medina, 2002: 82). Tanto Podemos como Ciudadanos han jugado al despiste con su posicionamiento en la escala ideológica izquierda-derecha. Por tanto, es bastante factible que un alto porcentaje de electores no sepan donde “encasillarlos” políticamente. En las últimas dos encuestas del CIS se advierte este fenómeno, ya que cerca de un 23% de los entrevistados señala no saber cual es el domicilio ideológico de estos dos partidos. Esta situación es completamente distinta respecto a los partidos “tradicionales”. Tanto PP como PSOE son claramente identificados en el eje izquierda-derecha por una amplia mayoría de ciudadanos. Sin ir más lejos, los mismos estudios del CIS dejan entrever que eso viene sucediendo desde hace más de una década. No obstante, en las últimas dos encuestas de octubre y noviembre un 12% y 12,8% de los entrevistados no sabe ubicar a PP y PSOE, respectivamente. Esto, sencillamente, no cuadra.

Eduardo Alvarado Espina

“Cartas de los candidatos y papeletas de los partidos”

Un aumento de la participación en las próximas elecciones puede tener dos claras consecuencias: que el PP pierda u obtenga una primera mayoría relativa que no le permita gobernar, y que los partidos de izquierdas aumenten su votación (ver Barreiro, 2002). En todas las elecciones en las que cabía la posibilidad de un cambio de partido en el gobierno se produjo una gran movilización del electorado, así sucedió en 1982 (80%); en 1993 (76,5%); en 1996 (77,4%); y en 2004 (75,7%). Si bien es cierto, en 1993 Felipe González mantuvo el gobierno, esto se debió a que consiguió movilizar a su electorado con mayor efectividad que José María Aznar al suyo. Las únicas dos veces que el porcentaje de votación fue inferior al 70% el PP consiguió una mayoría absoluta en escaños –2000 y 2011. A diferencia de lo que se puede observar en las encuestas, con una participación electoral que supere el 75% se hace imposible que los dos partidos de derechas, es decir, Ciudadanos y Partido Popular, consigan sumar más preferencias que la suma de Podemos y Partido Socialista. Y las últimas encuestas proyectan una participación que podría oscilar entre el 77 y 80% del censo electoral.

La grieta en las circunscripciones del bipartidismo

La desproporcionalidad que provoca la ley electoral es otra de las cuestiones que parecen quedar fuera de los análisis televisivos que solo se detienen en los porcentajes de votación. En España, el problema de la distorsión en la representación política se achaca comúnmente a la fórmula D`hondt que no Ley de D`hondt, concepto inventado por el periodismo– y se obvia el tamaño de las circunscripciones. Si bien es cierto que esta fórmula matemática –perteneciente a la familia de las proporcionales– no facilita el reparto proporcional de escaños, no es la responsable de que los partidos con primeras mayorías en las provincias de menor tamaño electoral obtengan un número superior de escaños de los que les corresponde por votos, y de que los partidos más pequeños no obtengan representación. El problema realmente se encuentra en el pequeño tamaño de 27 de las 52 circunscripciones –verdaderos subsistemas electorales– que componen el sistema electoral español. Estas circunscripciones con 5 o menos escaños –reparten un total de 100– han estado vedadas para terceras fuerzas políticas desde los inicios de la redemocratización española. Tanto socialistas como populares se han repartido todos estos escaños durante tres décadas, lo que ha llevado a que las elecciones generales terminen por definirse en territorios de menor magnitud. Por tanto, no basta con hacer una proyección porcentual de votos para asignar escaños en el Congreso, es necesario que ese porcenaje refleje un número de votos en cada circunscripción. Por ejemplo, en las elecciones de 2011 en Teruel el PP obtuvo dos de los tres escaños con el 51,7% de los votos, mientras que el PSOE, con un 32,8%, obtuvo el escaño restante, haciendo imposible que un tercer partido obtuviera representación. La única forma de romper el bipartidismo es que los dos primeros partidos desciendan en su votación y un tercero los equipare. Esto podría producirse por primera vez en unas elecciones generales. Otra cuestión importante es la diferencia en el coste de escaño que existe entre las circunscripciones pequeñas y las grandes. Si se compara el mismo caso de Teruel, el coste de cada escaño es de 36.156 votos, mientras que en Madrid, que reparte 36 escaños, el coste es de 124.130 votos. Esto significa que el voto en esa provincia de Aragón vale tres veces más que en la Capital. Si uno o los dos partidos “emergentes” obtienen escaños en estas 29 provincias se podría dar por terminado el bipartidismo.

Los resultados de las elecciones autonómicas de 2015

Por último, parece que en las proyecciones demoscópicas publicadas y difundidas en radio, prensa y televisión no se han considerado los resultados obtenidos en las últimas elecciones autonómicas por los partidos en liza. El comportamiento de los electores en dichos comicios es un buen indicador de lo que puede suceder en las elecciones generales, especialmente porque el escenario político no es el mismo que en épocas anteriores y los eventos electorales de los últimos dos años reflejan de mejor manera lo que puede suceder este domingo. Dicho esto, si se miran los resultados de las elecciones de 2015, el Partido Popular no superó el 27%, mientras que el Partido Socialista apenas alcanzó el 25% de los sufragios. Este razonamiento hace suponer que en las generales resulte muy difícil que estos dos partidos superen con holgura esta frontera en un sistema político que se vuelve, además, más competitivo. Por su parte, Ciudadanos obtuvo en esas mismas elecciones el 6,55% de los votos, y aunque en las catalanas conquistaron el segundo lugar, es bastante difícil que en siete meses hayan aumentado casi 15 puntos su intención de voto, como algunas encuestas anunciaban hace tan solo una semana atrás. El caso de Podemos es más curioso aún. En promedio obtuvo el 16,1% –sumando el resultado de Compromís– y las encuestas, particularmente el CIS, le asignaban una intención de voto menor. Esto tampoco resulta muy creíble. Pues bien, si se realiza un análisis preelectoral que cruce estos datos con las proyecciones demoscópicas más rigurosas, dentro de un escenario político de alta competitividad y participación electoral, y se despejan las intenciones de manipulación de algunas encuestas previas, el resultado podría acercarse al siguiente: el PP obtendría la primera mayoría relativa con no más del 26% superando, en no más de tres puntos, al segundo que sería Podemos con un porcentaje cercano al 23%. El PSOE obtendría el tercer lugar superando el 21% y Ciudadanos se tendría que conformar con un 17% y el cuarto lugar.

elecciones generales PP, PSOE, PODEMOS, C´s

Partido  votos escaños
PP 26% 98-102
Podemos 23% 82-86
PSOE 21% 74-78
Ciudadanos 17% 56-60

En síntesis, los sondeos con intención de voto publicados hasta ahora sólo pueden ser considerados como una referencia. Las posibilidades de acierto no son muy altas. En gran medida, porque quienes no han incorporado en sus análisis demoscópicos los resultados de las últimas autonómicas, un escenario de competencia política más abierto y los efectos que la campaña tendrá en los electores, carecen de fiabilidad en sus resultados. Por su parte, los que, como el CIS, han intentado incidir en el votante indeciso manipulando la intención de voto de cada partido, se alejarán bastante más de los resultados finales. Pero dejando de lado los pronósticos de las encuestas, estas elecciones serán el hito que clausure la segunda Restauración borbónica y el que abra una etapa más plural y democrática en lo que respecta a la representación política de la ciudadanía. Será el momento de los pactos, que son el mejor índice para medir la madurez alcanzada por el sistema de partidos español.

¿Nada volverá a ser igual en la política española? Lo sabremos a partir del próximo lunes.

 

Referencias

Barreiro, B., 2002. La progresiva desmovilización de la izquierda en España: un análisis de la abstención en las elecciones generales de 1986 a 2000. Revista Española de Ciencia Política, núm. 6, pp. 183-205.

Lago, I. y Montero , J. R., 2010. Participación y resultados electorales en España. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, núm. 130, pp. 97-116.

Torcal , M. y Medina , L., 2002. Ideología y voto en España 1979-2000. Revista Española de Ciencia Política, núm. 6, pp. 57-96.

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