El verdadero cambio

Edwin Ruiz Ocampo / @civis_civitatis

A pocos días de las elecciones se vive un tenso ambiente en el suelo colombiano, entre el miedo y la esperanza, la ciudanía se moviliza con un nivel de politización que no se veía desde el Paro Nacional y las discusiones acerca de la opción más acertada en la elección presidencial, han cooptado el territorio nacional a tal punto que hoy, no hay un lugar en el que la tensión política y los aires de cambio no se respiren.

Los resultados en la primera vuelta nos dejaron un escenario particular, como sacado de un laboratorio, el cambio se escindió irremediablemente y hoy el electorado, debe elegir entre distintos grados de transformación. Los medios de comunicación hicieron su parte legitimando una candidatura que pasó desapercibida y cuyas propuestas no van más allá de frases seductoras que difícilmente soportan la inspección rigurosa de una ciudadanía informada.

Se logró legitimar ante la opinión pública que Rodolfo Hernández representaba un cambio, cuando sus propuestas no aportan nada novedoso y su inclusión en la política supone apenas un cambio de cara, pero no de propuestas, ni de discurso. La idea de un Estado austero, el aumento de la intensidad laboral, y la eliminación de ministerios y embajadas, son un remake de la campaña presidencial de Álvaro Uribe, y recoge las propuestas demagógicas y convenientes de los candidatos que el ex presidente ha lanzado con la intención de gobernar en cuerpo ajeno.

Disminuir o incluso acabar con los privilegios de los políticos suena muy bien, pero poco o nada aporta a la solución de los problemas estructurales del país. La situación política, social y económica que vive Colombia, no es producto de los privilegios económicos, ni de la baja intensidad horaria de los servidores y empleados públicos, o al menos no tanto como lo es de la profunda desigualdad que existe en el país. Esto por mencionar algunas de las “propuestas” estrellas de la controvertida campaña presidencial del ingeniero.

El señor Hernández se vende como un gran empresario que sabe hacer riqueza, su aptitud para el cargo presidencial se da por sentado gracias a la perezosa analogía que hacen sus simpatizantes, quienes asumen que un buen administrador de empresas es per se un buen administrador público. Las complejidades del contexto nacional distan de la simplicidad de cualquier negocio, por más grande y productivo que sea, pero aún bajo estas lógicas administrativas, la genialidad empresarial del ingeniero no deja de ser demagógica, cualquiera sabe que con recortar gastos no necesariamente se consigue un negocio rentable, ni tampoco el que menos gasta es el mejor administrador.

El ingeniero es un cambio de administración, pero no del modelo de país que favorece a la minoría que se enriquece con las arcas del Estado sin necesidad de tener privilegios y cargos públicos, tampoco del modelo de país que favorece la corrupción y mucho menos del que permite que jóvenes y niños languidezcan entre la pobreza, el hambre y la ignorancia.

¿No debería causarnos algún asombro, que con unos periodistas y medios de comunicación tan experimentados en distinguir y señalar el “populismo” de manera tan efectiva, irónica y a veces malintencionada, se dejen pasar inadvertidas las disparatadas ocurrencias del septuagenario candidato? Ninguna voz estuvo para criticar la vacía propuesta de visitar el mar, ni la de regalar droga para acabar con el narcotráfico, tan prestas como estuvieron para señalar la “demagógica” propuesta de implementar una educación superior gratuita y poner como primer punto de la agenda de gobierno, la vida, el medio ambiente y la paz.

Una parte de la opinión publica cree y a otra le han hecho creer que una persona con los modales y la disposición para limpiarse el culo con la ley, es algo diferente a lo que ya hemos tenido durante tanto tiempo, como si la cultura totalitaria y la disposición de pegarle un tiro a los que piensan diferente, ya no le hubiera hecho suficiente daño a este país. Es verdad que hemos tenido presidentes más disimulados, pero el cinismo de Rodolfo Hernández y la supuesta franqueza con la que vocifera su violencia disparatada, no lo hace apto para ocupar el primer cargo de la república.  Tampoco habla muy bien de su talante democrático que huya a los debates e imponga condiciones cuando por ley se le exige asistir a ellos.

El show mediático se ofrece en medio de una registraduria abiertamente parcializada, con un presidente que hace campaña política en favor del candidato de gobierno; y luego de que el proceso electoral se viera oscurecido recientemente por la omisión de los resultados de la lista del Pacto Histórico al congreso, con un disimulado silencio del gobierno y los partidos tradicionales. El temor a que exista algún tipo de fraude y la mención de algunas de sus posibles consecuencias por parte de la oposición, es apaciguado por el aparato burocrático nacional, con señalamientos y acusaciones premeditas.  Colombia hoy, tiene si, dos cambios, uno en el que tenemos la posibilidad de construir un país para vivir mejor, y otro en el que las consecuencias de seguir como vamos nos llevaran a un nuevo atolladero.

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