Jerónimo Ríos: «El 11S y el 11M hicieron muchísimo daño a la legitimación de ETA»

Entrevista por: Sara Mandiá Rubal / @mandia_rub

El 21 de julio de este año, el Ministerio del Interior anunciaba el traslado de once presos de ETA a cárceles del País Vasco y Navarra. Un día antes, el 20 de julio, el profesor de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y Doctor en Ciencias Políticas, Jerónimo Ríos Sierra, publicaba, en sus redes sociales, la pronta segunda parte del libro La lucha hablada. Conversaciones con ETA, publicado por Altamarea con epílogo de Pedro Ibarra Güell y prólogo de Luis R. Aizpeolea. Como autores: Egoitz Gago y el propio Jerónimo Ríos.

Tenemos ahora la oportunidad de entrevistar al Dr. Ríos Sierra para conocer su opinión sobre este y otros temas, directamente relacionados con el terrorismo como expresión violenta de la política.

– ¿Qué motiva la aparición de movimientos terroristas en una sociedad?

El terrorismo hay que entenderlo como un tipo de violencia política. A través de una aparente legitimación política lo que se busca es poner a disposición de una estructura armada un conjunto de mecanismos que puedan revertir un sistema político o crear una situación sociopolítica de relativa ingobernabilidad. La casuística es muy variada. Los estudios de David C. Rapoport, por ejemplo, nos plantean, desde una mirada histórica, cuatro fases que a su vez tipifican la violencia política ejercida desde el terrorismo.

Un primer momento, a finales del siglo XIX, donde —fuertemente inspirado en el anarquismo— se busca, a través del terrorismo, legitimar lo que los anarquistas denominaban “la propaganda por el hecho”. Es decir, tratar de afectar a las jefaturas de Estado y de Gobierno, entendiendo que atentando contra ellas sería posible descabezar el sistema y generar una espiral que favoreciese la participación de la sociedad en la reversión del sistema político vigente. En los años 20’-30’ se situaría la segunda fase de ese tipo de violencia asociada al terrorismo, que estaría más vinculada a los movimientos de libración nacional, prolongados incluso durante las primeras décadas de la Guerra Fría. La tercera etapa, es un terrorismo más asociado con los aspectos estructurales, de carácter socioeconómico. Sería la tercera ola revolucionaria, con notable inspiración marxista, en la que los aspectos de exclusión social, situación económica, pobreza, marginalidad, etcétera, motivan el uso de la violencia política en la aspiración al sueño de la revolución social. Y finalmente estaría la cuarta oleada, más vinculada con la identidad religiosa y la defensa del culto, que particularmente se circunscribe, para muchos, en esta lógica fundamentalista relacionada con el yihadismo radical.

Por tanto, los elementos que alimentan la aparición del fenómeno terrorismo cambian en función del momento, del lugar, etcétera; concitando, desde aspectos identitarios, hasta aspectos estructurales, pasando por fanatismos religiosos. Si bien es cierto que, en todos ellos, se sitúan como elementos comunes la vertebración política y una dimensión simbólica. De tal manera que, a través de la acción violenta, exista un mayor daño simbólico que el daño material que se produce con la acción terrorista.

– ¿Dada la coyuntura actual, de polarización (tanto en España como en Europa), cree que se podrían dar las condiciones para ver resurgir un fenómeno de este tipo?

Es muy difícil que en España o en Europa occidental haya elementos de terrorismo similares, por ejemplo, a los asociados a las décadas de los 60’ y 70’, donde se produce —en la propia Europa— una fuerte oleada revolucionaria que bebe de la Guerra Fría, de Mayo del 68 o de la propia inspiración latinoamericana y, en concreto, cubana, que amalgama ideas que evidencian una pulsión social muy fuerte por el cambio.

No obstante, hay que diferenciar estos movimientos terroristas asociados a elementos de clase —lo que podemos llamar “terrorismo revolucionario”, inspirado en una impronta marxista-leninista—; de un segundo fenómeno, que también se produce en el seno del continente, asociado a elementos identitarios, primero nacionalistas y posteriormente religiosos. Así, en Europa hay que diferenciar dos tipos de terrorismos. Por un lado, aquel que implica una violencia estructural, como pueden ser las Brigadas Rojas [Brigate Rosse (1970-1988)] en Italia o Facción del Ejército Rojo [Rote Armee Fraktion o RAF (1970 – 1998)] en Alemania, GRAPO [Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (1975-00’)] en el caso español. Son grupos terroristas que tienen una fuerte impronta de clase y que van a ser derrotados, todos ellos, por el Estado —téngase en cuenta que la política antiterrorista que se despliega en Europa, en esos años, va a ser tremendamente eficaz a la hora de desmantelar estas estructuras—. Por otro, los terrorismos asociados a elementos identitarios, como puede ser el caso del IRA [Irish Republican Army (1969-2008)] o ETA [Euskadi Ta Askatasuna (1958​-2018)]. Fenómenos más complejos porque no beben de cuestiones estructurales o socioeconómicas, sino que lo hacen de cuestiones relacionadas con la identidad nacional.

Actualmente en Europa hablamos de sociedades avanzadas, democracias incluyentes, estados del bienestar consolidados, donde es muy difícil encontrar argumentos de peso para convencer a alguien de que abandone su vida, sus comodidades, su familia, su trabajo, su entorno, y enarbole la política de la violencia. Ahora bien, en los contextos de sociedades divididas por religión o fracturas nacionalistas, sí sería más fácil la movilización —por eso podemos observar que movimientos violentos como el IRA o ETA, han sido mucho más longevos—. No obstante, en uno y otro caso, la solución de la violencia como modo de disputa política, se ha superado.

Quizá en América Latina podamos encontrar una práctica diferente: porque son sociedades más excluyentes, con carencias institucionales, Estados débiles, dificultades para el control de su territorio… y esto permite que haya guerrillas mucho más duraderas en el tiempo y una vez desaparecidas éstas, tomen posiciones grupos pos-guerrilleros o pos-paramilitares que operen el territorio ejerciendo gobernanzas criminales. Algunos ejemplos conocidos serían los cárteles, las autodefensas o las guerrillas, en México y Colombia; o las maras en Centroamérica.

– De los conflictos que usted ha estudiado ¿Qué razones esgrimen los terroristas para explicar el surgimiento de su grupo?

Depende. Si tú te entrevistas con exterroristas de Brigadas Rojas versus exintegrantes de ETA o IRA, vas a ver que el discurso legitimador de la violencia cambia. En el primer caso, Brigadas Rojas, los discursos suelen asociarse a condiciones de clase, de pobreza, de pauperismo—insisto, en contextos democráticos, son mucho más difíciles de sostener—; en el segundo, IRA o ETA, nos encontramos ante discursos que son, sobre todo, de tipo identitario, sin renunciar, no obstante, a una clara impronta socialista.

En ETA esto se ve muy claro: en las primeras asambleas tiene que definirse y decidir si es un grupo, primero socialista y después nacionalista, o es primero nacionalista y después socialista; y aquí la ecuación está clara, primero son nacionalistas y después son socialistas. Lo que se reivindican son elementos identitarios y nacionalistas prima facie. La retórica pasa por “privación de derechos del Estado español”, “asimilacionismo cultural”, las amenazas que implica el sistema político pos-dictadura… Recordemos aquí que los años de la construcción de la democracia en España se acompañaron de los mayores niveles de violencia política por parte de ETA. Los golpes se dan justo después de la Ley de Reforma Política (1977), la Constitución (1978), o el Estatuto de Gernika (1979).

 Si vamos a América Latina encontramos que el relato legitimador de la violencia se enmarca en otro ámbito radicalmente distinto: falta de oportunidades, le precariedad social, precariedad económica, la avocación inexorable hacia la pobreza, fragrante desigualdad… De tal manera que la construcción discursiva cambia y se adapta al lugar en el que se sitúe el fenómeno.

– Hablemos del papel del Estado ¿Puede el Estado con sus decisiones alentar una escalada de violencia? ¿Qué responsabilidad posee el Estado en el estallido, aumento, desarrollo y/o solución del conflicto violento, si es que tiene un papel aquí?

La democracia hay que entenderla desde la esencia del conflicto. Todos somos conflictivos por naturaleza —lo que no somos es violentos—, y eso hace que la democracia tenga que lidiar continuamente con el conflicto y la tensión entre polos, que en muchos casos son tensiones irresolutas. Los reclamos territoriales, las reivindicaciones nacionalistas, son cuestiones que a menudo hacen parte de la esencia de un Estado en donde nación política no se corresponde estrictamente con la matriz cultural. Así pues, la democracia juega en una suerte de constricción y ampliación de derechos en ese tipo de cuestiones, acorde a unos términos mínimos de reconocimiento y convivencia.

No obstante, la respuesta del Estado ante un grupo o acción terrorista varía, y lo hace en función de la correlación de fuerzas. El Estado parte siempre de la intención de erradicar la amenaza terrorista, porque es una amenaza que, se presume, atenta contra el principio irrestricto de la soberanía y siempre proviene de un enemigo. Sin embargo, la forma de resolverlo es dispar: en algunos casos, es posible resolver el problema a través de la presión policial, la vía militar, y la acción judicial; pero en otras ocasiones, simplemente, no es posible.

En el caso de España, tras un periodo muy largo de violencia, es cierto que el Estado consigue derrotar a ETA. Pero cuidado, no únicamente debido a la vía policial, militar o judicial, sino gracias al papel que juega la propia ciudadanía. Un grupo armado dura lo que la legitimidad de su ciudadanía soporte: hay un momento en el que la misma izquierda abertzale [término surgido como reacción al nacionalismo vasco conservador y demócrata-cristiano (históricamente representado por el Partido Nacionalista Vasco)] rompe con ETA y entiende que la posibilidad política de encontrar vías diferentes para mejorar la relación con el Estado central, no pasan necesariamente por la violencia.

En otros casos, la derrota no es posible y el Estado tiene que asumir la necesidad de negociar, de iniciar conversaciones de paz para el acuerdo. Lo que implican reconocer al otro y establecer intercambios cooperativos con él. Trasformando al enemigo en adversario [en una crítica a los textos de Carl Schmitt, Chantal Mouffe identifica al enemigo como el otro que no tiene derecho a existir porque es antagónico a mí, y al adversario como el otro con el que tengo desacuerdos, pero coexisto], es el caso del IRA con Reino Unido en los Acuerdos de Viernes Santo de 1998 refrendados en 2006.

En el caso de América Latina tenemos grandes procesos de conflicto violento, prolongados en el tiempo —conflicto guatemalteco (1960-1996), guerra salvadoreña (1980-1992), conflicto armado colombiano (1964-2016)—, en los que el Estado no tiene la capacidad de resolver unilateralmente el conflicto por la vía militar y, por tanto, ha de buscar mecanismos de negociación —de intercambio cooperativo—. En el caso de Perú y Sendero Luminoso (1980-1999), por ejemplo, no se produce ningún tipo de negociación porque el Estado descabeza la cúpula con la captura de Abimael Guzmán Reinoso y la dirección del Partido Comunista de Perú, en 1992, y eso conduce a su rápido desmantelamiento.

En definitiva, las capacidades del Estado son las que determinan si la vía es la solución negociada; o si lo es la derrota militar, policial y judicial. La experiencia nos dice que, mayormente, desde 1989, la vía en el mundo ha sido la vía de los acuerdos de paz, el entendimiento negociado. De hecho, entre 1989 y 2016 se ha puesto fin a más de 30 conflictos armados, con medio centenar de estructuras armadas, por la vía negociada.

– ¿Qué factores son definitivos en la continuidad de un grupo armado? ¿Qué lleva a sus miembros a seguir unidos (el sentido de pertenencia, la reivindicación política, el contexto social, la situación económica, la presión policial…)?

En buena medida todo lo que aquí se plantea. La perdurabilidad de un conflicto necesita tener como soporte una lógica amigo/enemigo. Esa lógica amigo/enemigo tiene que ser simbólica, discursiva, institucionalizada, ha de tener anclajes sociales y culturales. Elementos necesariamente reivindicados por un grupo armado. Además, tiene que haber una suerte de martiricidio, de concepción inequívoca de sufrimiento, dando a entender que el sufrimiento es lo que justifica la acción violenta y la necesidad de proseguir.

El hecho de ceder implica traicionar: traicionar el pasado, a todos los que ha habido antes que nosotros, el significado político que ha justificado la vía violenta, etcétera. Es decir, se produce una autoconcepción histórica donde uno no solo se representa a sí mismo, sino que representa también el pasado, la identidad, el esfuerzo colectivo de otros. Entender que después de todo lo vivido e invertido no es posible asumir la derrota —en todo caso una victoria menor de la que inicialmente se luchaba-, acaba siendo el elemento vertebrador que proyecta y prolonga el conflicto por tiempo indefinido hasta que las circunstancias cambien. Una mirada utópica del pasado, la legitimación utópica del futuro, la confección de un sacrificio colectivo, los elementos identitarios y de pertenencia, son anclajes que van a ser fundamentales para sostener al grupo y perpetuar el uso de la violencia. Pero insisto, las sociedades cambian, y si la ciudadanía obliga a redefinir este tipo de pilares para conservar el anclaje social necesario que permita poder proseguir o no enarbolando la bandera de la violencia.

– ¿Cómo viven?

En el caso de América Latina la clandestinidad tuvo lugar en los grupos armados de carácter urbano, como podían ser el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile o los Tupamaros en Uruguay. Pero, mayoritariamente, los grupos armados latinoamericanos —a diferencia de las experiencias europeas— controlaban vastas extensiones de territorio que no hacían necesario el uso de la clandestinidad. De hecho, lo que había era una apropiación espacial del territorio para, a partir de ahí, construir su base legitimadora. La presencia en el territorio, legitima al grupo guerrillero que, controla terreno, instala campamentos e instaura un nuevo orden.

En el caso de Europa, como no hay esa orografía aislada que permita este tipo de planteamiento, lo que se hace es utilizar la ciudad como punto de disputa, y la ciudad exige de otras lógicas. La implantación espacial en el territorio es mucho más compleja; la clandestinidad es fundamental; las relaciones son reducidas entre los correligionarios —únicamente conoces a dos o tres personas que hacen parte de tu comando—; hay una mayor compartimentación de la información; de la seguridad; y, todo está mucho más pautado de cara a saber cómo actuar en público, ante la ciudadanía, como realizar un operativo, un seguimiento o escapar de una eventual persecución policial.

La clandestinidad implica vivir en pisos francos, al amparo de civiles legales que utilizan sus inmuebles para acoger a este tipo de actores, o buscar la circularidad internacional de los miembros. Es decir, posibilitar que exintegrantes de ETA o IRA encontrasen cobijo en otros países afines como podían ser Cuba, Venezuela, Nicaragua o Uruguay.

– ¿Y en su experiencia están dispuestos a hablar? ¿Han colaborado con usted en sus investigaciones?

Si. En mi trabajo académico he podido hacer más de 200 entrevistas a integrantes de grupos armados, tanto de IRA, de ETA, de las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP)], del Ejército de Liberación Nacional ELN, de las Autodefensas Unidas de Colombia AUC, de Sendero Luminoso, del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, de los Tupamaros…

No obstante, hay grupos armados que son más proclives a comunicar, a expresar, a abrirse a historias de vida —este es el caso de los Tupamaros, por ejemplo, cuyos niveles de violencia fueron irrisorios en comparación con cualquier guerrilla del continente-. Se podría decir que, tras un proceso transicional, como el de las FARC en Colombia, sus integrantes están mucho más dispuestos a hablar que en aquellos casos en donde los grupos armados han sido derrotados por el Estado. Así sucede con Sendero Luminoso que es mucho más renuente, desconfiado y hermético, o con la misma ETA.

Una de las hipótesis que yo quiero trabajar es entender que, el aperturismo o no a conceder entrevistas, a descubrir información y documentos, a recopilar historias de vida, etcétera, pasa por cómo se trasforman los grupos armados en un marco de pos-violencia. Esto es: cuando son grupos que han negociado la violencia o la paz, generalmente encuentro mucho más aperturismo en sus miembros que cuando son grupos que han sido derrotados por la vía policial, militar o judicial —con planteamientos quebrados y herméticos—. Es fundamental la forma de transición hacia las urnas y cómo se incardinan en el contexto democrático.

– ¿La visión que la sociedad ha tenido de esa cuarta ola de terrorismo, el integrista religioso, ha perjudicado internamente a los grupos armados que usted ha estudiado?

En el caso de ETA, por ejemplo, es absolutamente innegable. Recuerdo entrevistarme con una veintena de exintegrantes y cargos con relativa responsabilidad en ETA, y era un lugar común en sus discurso el reconocer que el 11 de septiembre [serie de cuatro ataques terroristas suicidas cometidos en los Estados Unidos en la mañana del martes 11 de septiembre de 2001 por el grupo terrorista islámico militante Al Qaeda] y el 11 de marzo [serie de ataques terroristas en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid llevados a cabo por terroristas cercanos a Al Qaeda y al Grupo Islámico Combatiente Marroquí] hicieron muchísimo daño a la legitimación de ETA.

ETA entendía entonces que las movilizaciones ciudadanas que se produjeron en contra de la violencia y el terrorismo rompían con la legitimación particular que la organización todavía ostentaba en una parte de la sociedad vasca y española. Esta pulsión popular igualaba a un integrante de ETA con un terrorista integrista de Al Qaeda. Ellos te reconocían: “No, no. Nosotros no tenemos nada que ver con Al Qaeda. Nosotros tenemos un discurso legítimo y jamás pondríamos una bomba en un tren en Atocha para matar a 200 personas. No podemos compararnos con ese tipo de personas”. Pero lo cierto es que la ciudadanía no hace ese tipo de distinción. Todo lo contrario. Reivindica que no hay lugar para el uso de la violencia en el conflicto político, y eso implica un rechazo mayoritario que también va a salpicar a la izquierda abertzale horadando los resortes sociales de ETA en el País Vasco.

– En su experiencia ¿Cuál es el papel de la mujer dentro de las organizaciones? ¿Hay diferencias por razón de sexo?

Si la sociedad es machista, los grupos armados, las organizaciones terroristas, las guerrillas, son machistas. Yo siempre planteo esta pregunta a mis entrevistados y entrevistadas, y tienden a reconocer un papel secundario para la mujer en su grupo: roles de comunicadoras, enlaces, seguimiento o inteligentica; y no tanto en el desempeño de acciones de peso.

Por supuesto, hay excepciones, pero por ejemplo lo que he podido investigar de ETA o IRA, la mujer siempre tuvo un papel muy secundario. Cuando vamos a las guerrillas, en ellas sucede algo parecido.

Quizá en los momentos de mayor debilitamiento, a partid de los 90’, encontramos una mayor presencia de mujeres. El hecho de tener que reclutar más bases de apoyo, gente inexperta, joven, etcétera, hace con que la presencia femenina se incremente. También es cierto que, en Sendero Luminoso, por ejemplo, había una mayor presencia de mujeres, pero la toma de decisiones era netamente personalista por la figura de Abimael Guzmán. Un grupo que tuvo mayor presencia de mujeres en términos de prorrateo, 30-40%, llegaron a ser los Tupamaro. Mujeres como Alicia Rey Morales incluso llegó a tener un papel destacado en la Columna 15, una de las más importantes en la organización. Sea como fuere, su rol se sigue circunscribiendo a lógicas heteropatriarcales, paternalistas, donde la mujer se ha situado siempre en un papel secundario a la hora de tomar decisiones y de actual en pro de la revolución.

– ¿Y por orientación sexual o color de piel? ¿Hay distinción?

La diferencia aquí es poco relevante. En el territorio latinoamericano, hay poblaciones donde las negritudes tienen mayor arraigo al territorio, lo conocen mejor, son las que mejor desempeñan esa labor de disputa frente al Estado y, por tanto, son quienes asumen los roles de mando. Aquí lo que se respeta es la proximidad y el conocimiento del territorio. Véase las lógicas del Frente de Guerra Occidental del ELN o los Frentes 34, 37, 54 o 57 de las FARC-EP, en donde hubo nombres importantes pertenecientes a las comunidades negras como Benkos Biohó o Pablo Atrato, entre muchos otros.

– ¿Qué nos puede decir de la conversión de un grupo armado a un partido político? ¿Evolución natural?

Foucault diría que la política es la continuación de la guerra por otros medios, y en este sentido diríamos que lo normal es que exista una transición de las armas a las urnas. Pero esto no es siempre así. En el caso de España con el GRAPO, no ha habido una traslación política. Pero, indudablemente, es una posibilidad que se abre, y esa posibilidad se suele materializar sobre todo en procesos de diálogo, de acuerdos de paz, donde uno de los elementos que se negocia para frenar el uso de la violencia es siempre el espacio de interlocución política y normalización democrática. Si este espacio se ofrece, generalmente hay una trasformación de las estructuras armadas a partidos políticos. Latinoamérica nos da buenos ejemplos de esto: la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) en Guatemala; el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador; o la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) en Colombia.

En otros casos, en especial en grupos que han sido derrotados, como pueden ser los Tupamaros en Uruguay, acabaron haciendo parte del frente amplio y llegando a la presidencia con Pepe Múgica —extupamaro—; o Tabaré Vázquez en el contexto de Frente Amplio, Uruguay, durante dos procesos presidenciales. Igualmente, eso depende mucho de la idiosincrasia y de las condiciones que se den para que un grupo que ha detentado las armas acabe por asumir procesos políticos de normalización de la democracia.

– ¿Qué nos puede decir de sus conversaciones con ETA? ¿Cómo se producen?

Generalmente, este tipo de entrevista responde a criterios de confianza y a años de contactos hasta conseguir su materialización. Siendo la base de la conversación el respeto al testimonio del otro y la ausencia de juicios de valor por parte del entrevistador hacia su entrevistado.

Yo puedo estar en las antípodas ideológicas de mi interlocutor, pero siempre trato la historia de vida y el relato con absoluto respeto. Siempre con la rigurosidad de no introducir sesgos que hagan sentir al otro como instrumento en favor de un rédito personal mío. Aquí lo que se trata es de aproximarnos al fenómeno, casuística o situación, para entenderlo, problematizarlo, visibilizarlo y analizarlo desde la proximidad al protagonista. Sin juicios ideológicos ni de valor que debiliten el vínculo de confianza establecido.

– ¿Qué querían saber de la banda? ¿Cuál era su idea inicial? ¿Se colmaron sus expectativas tras las conversaciones?

Hablar de banda siempre conlleva un uso peyorativo de la organización terrorista y, de hecho, yo siempre lo evito. Tradicionalmente, se ha trabajado en ETA con testimonios de exintegrantes que mostraban arrepentimiento o con elementos de crítica hacia su pasado en la organización. Aquí lo que interesaba era poner el acento en todos aquellos que no lo había hecho, que por otro lado son la mayoría, y entender cómo el paso por ETA construye, modula y determina sus actitudes, valores, comportamientos y cosmovisiones de la democracia, la ciudadanía, la convivencia, la legitimación de la violencia, la identidad o la normalización de la democracia. Interesaba conocer de qué manera se problematiza, se analiza, cuáles son los marcos de representación que se utilizan para entender un problema que se ha prolongado en España por 50 años.

– ¿Cómo valoran su paso por ETA esas personas que han entrevistado?

La respuesta mayoritaria es la reafirmación. Militar en ETA sirvió. Sirvió porque tiene un significado político, porque han dedicado a eso décadas de sacrificio, el paso por la cárcel e incluso la propia vida en muchos casos. Como decía anteriormente, hay un pasado que no puede ser negado y a eso se le da un significado político muy fuerte, de identidad. Construyendo a veces narrativas distorsionadas que aprovechan, de manera individual, para aceptar esa situación.

Como decían muchos: gracias a ETA la izquierda abertzale es la segunda fuerza; gracias a ETA hay una fuerte impronta nacionalista vasca que no ha sido asimilada por el nacionalismo español; gracias a ETA hay un marco de participación ciudadana y de representación política que en otros contextos como en Colombia, que después de décadas y décadas de violencia, no existe.

Vemos, por tanto, la reconstrucción de significados coherentes con una identidad, militancia y participación política que es la que muchos no están dispuestos a negar. Claro está, otros muchos sí han roto con ETA, producto de un arrepentimiento que, sin embargo, tiende a ser humillante y rechazado por los militantes más ortodoxos y puristas con respecto a la legitimación del grupo terrorista.

– ¿Y cómo los reclusos de ETA condicionaron la política interna de la organización?

El frente penitenciario fue muy importante durante mucho tiempo, como elemento de identidad, de reclamo, de ortodoxia. Pero, a medida que han ido saliendo, que se han llevado a cabo medidas de dispersión de presos, y a medida que se han puesto en marcha todas las políticas penitenciarias del Estado español, se han erosionado esas bases de identidad colectiva. Esto es algo que comienza con Felipe González tras las fallidas conversaciones de Argel, en 1989.

Es verdad que todavía quedan cientos de presos en cárceles vascas y el colectivo de presos sigue siendo el último reducto representativo del pasado. Al fin y al cabo, para los exmilitantes de ETA, es el último grupo que queda como aglutinador de ese pasado colectivo frente a la legitimación de la violencia ejercida por parte del Estado. Pero, es verdad, que eso cada vez se va perdiendo y resquebrajando, incluso porque muchos militantes fuera y dentro de las cárceles asumen ahora posiciones críticas y de mayor distanciamiento.

– Del libro La lucha hablada, ¿qué podremos encontrar en esa segunda parte?

La segunda parte busca realizar una correspondencia con los relatos de las víctimas. Lo que vamos a encontrar ahora es un enfoque desde las víctimas, la movilización ciudadana, la contribución social para la paz por parte de la ciudadanía vasca, con elementos como reconciliación, ciudadanía, perdón, convivencia, democracia… y todo ello desde diferentes posiciones ideológicas. Recogeremos el relato de las víctimas con los mismos elementos de representatividad, relevancia, pluralidad y saturación que empleamos en las entrevistas a exintegrantes de ETA.

– ¿Qué reflexión le gustaría que nos quedara clara, como lectores, para entender el fenómeno del terrorismo?

Entender que no es un objeto de estudio finalizado, sino que permite todavía inconmensurables dosis de investigación, de análisis; que es un problema profundo, complejo, contradictorio; que aglutina tensión; y que el uso de los relatos, las historias de vida, los análisis del discurso siguen siendo una fuente muy importante —y poco explorada— para el estudio del fenómeno terrorista. 

– En qué está trabajando ahora ¿Qué grupo o fenómeno centra su atención?

Sigo trabajando en el caso colombiano, con una importancia renovada tras el proceso de diálogo que se abre ahora con el nuevo presidente Gustavo Petro [líder de la coalición política Pacto Histórico, presidente de la República de Colombia desde el 7 de agosto de 2022] y el Ejército de Liberación Nacional —que, empremos, llegue a buen término—. Sigo interesado en las disidencias de las antiguas FARC y en ver cómo se recomponen y asumen procesos de normalización democrática que permitan acogerse a los acuerdos de paz que se han suscrito en 2016.

Y estoy muy centrado en los Tupamaros. En conseguir documentos y archivos de la antigua guerrilla uruguaya, realizando historias de vida con continuos viajes a Montevideo, en los que trato de entender un aspecto que ha sido muy poco estudiado, como son las relaciones exteriores de los grupos armados: cómo intercambiaron favores, ideas, recursos, armas, personas… Trato ahora de recomponer ese marco relacional dentro de la guerrilla uruguaya con otras vecinas como el MIR chileno, el PRT-ERP argentino, los Montoneros o el ELN boliviano.

– Ya para finalizar, sugiéranos algunas referencias bibliográficas de su autoría que nos ayuden a conocer más de sus investigaciones.

Para el caso de ETA, sin duda, el libro La lucha hablada. Conversaciones con ETA, sobre el cual se han publicado ya artículos de análisis, muy relevantes, igualmente, en revistas científicas. En el caso de Colombia, Historia de la violencia en Colombia, 1946-2020. Una mirada territorial, donde podemos encontrar más de 40 entrevistas, numerosos datos, y fuentes primarias, para entender la evolución territorial de la violencia en Colombia y la complejidad de la paz.

En el próximo año espero poder publicar el libro sobre las víctimas de ETA; un segundo libro sobre Sendero Luminoso, fuerzas militares y víctimas de la violencia en Perú; y un libro sobre Tupamaros y su marco de relaciones exteriores, que es en lo que más he venido trabajando en los últimos años.

El Dr. Jerónimo Ríos Sierra es Profesor Ayudante Doctor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Autónoma de Madrid, tiene un Máster en Política y Democracia (UNED), un Máster en Relaciones Internacionales (UCM), un Máster en Estudios Contemporáneos de América Latina (UCM) y un Máster en Historia Militar de las Guerras Contemporáneas (Universidad Jaume I).

Ha sido profesor de distintas universidades de Colombia, España y Canadá, y ha realizado estancias breves de investigación en universidades como Granada, Valencia, Coímbra (Portugal) o San Martín de Porres (Perú), además de ser asesor de la Organización de Estados Iberoamericanos en Colombia durante el proceso de diálogo e implementación del Acuerdo de Paz con las FARC-EP.

Con más de 80 artículos científicos publicados en revistas de impacto, 40 colaboraciones en libros, y un amplio bagaje en el estudio de la violencia como expresión política, las principales líneas de investigación del Dr. Jerónimo Ríos Sierra son: a) Violencia política e insurgencias en América Latina; b) Geopolítica crítica; y, c) Discursos en torno a la violencia y la seguridad en el continente latinoamericano.

@jeronimo_rios_

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